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Una educación universitaria liberadora, el legado del Padre Ignacio Ellacuría

A 29 años del asesinato del jesuita español, nacionalizado salvadoreño, el Mtro. Juan Luis Hernández Avendaño, académico de la IBERO Puebla, ‘descifra’ al Rector Mártir

“La misión de la universidad es servir a todos y no sólo a un grupo de privilegiados. Asistir a la universidad es, en nuestros países, un privilegio excepcional, un privilegio que no puede aceptarse sino con la clara conciencia de la obligación de ponerlo al servicio de los demás”. Ignacio Ellacuría, S. J.

 

Este 16 de noviembre se cumplen 29 años del asesinato del Padre Ignacio Ellacuría Beascoechea, S. J., quien murió en El Salvador, acribillado por las balas del Batallón Atlacatl, cuando era Rector de la Universidad Centroamericana (UCA) José Simeón Cañas.

Para conocer un poco qué legado dejó Ignacio Ellacuría a las Universidades de la Compañía de Jesús, el maestro Juan Luis Hernández Avendaño, director del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Iberoamericana Puebla, comparte su opinión en la siguiente entrevista que fue realizada en la IBERO Ciudad de México, en el marco de la ‘Cátedra Latinoamericana Ignacio Ellacuría: fronteras ellacurianas para encargarse de la realidad’, donde expuso el tema ‘Descifrando al Rector Mártir: Ignacio Ellacuría y la educación como acto de liberación’.

A modo de introducción, cabe mencionar que el martirio en América Latina tiene un contexto, que tiene que ver con la gran desigualdad e injusticia existente en esta región, de las que algunas personas han decidido hablar y decir la verdad; eso las lleva a correr riesgos y a pagar con sus vidas.

 

¿Qué le dejó a El Salvador, a la UCA, a Latinoamérica y a la Compañía de Jesús el martirio del Padre Ellacuría?

Nos dejó legados, inspiración, un referente para ser Universidad. El asesinato y posterior martirio de Ignacio Ellacuría nos ha dado una inspiración para que, en nuestro tiempo, en el siglo XXI, construyamos una Universidad comprometida con las causas, particularmente de los que menos tienen, de los heridos y golpeados por la globalización neoliberal.

Aunque Ellacuría vivió una época en la que la globalización aún no estaba tan radicalizada como ahora, él ya advertía las consecuencias de la distribución inequitativa de la riqueza, particularmente en América Latina.

Los legados de Ellacuría son muchos, pero los sintetizaría en dos: una manera de ser y hacer Universidad, una Universidad comprometida; y el pensar que, desde una Iglesia y una Fe comprometidas con la justicia, también se pueden hacer procesos de liberación importantes.

 

¿Este compromiso con la justicia es una educación que libera?

Sí, de hecho la frase que podría dibujar muy bien al Rector Mártir sería, el que lideró una educación universitaria liberadora. Una educación universitaria liberadora que, sin duda, estará siempre a contra corriente del statu quo y de los poderes instituidos; porque esa educación buscará liberar a los oprimidos, de las élites políticas y las élites económicas, que están muy a gusto con el statu quo. Entonces una educación de este tipo va a tocar sus intereses y va a plantear verdades muy incómodas.

Como la universidad tiene un capital moral y simbólico muy importante, no va a gustar que sea así, que tenga una voz crítica, una voz comprometida, una voz profética. Pero eso fue lo que nos legó Ellacuría y es lo que creo buena parte de la Compañía de Jesús hoy está comprometida a hacer en sus Universidades.

 

¿Cómo brindar esa educación liberadora, sobre todo a quienes no tienen acceso a la educación superior por cuestiones económicas?

Yo pensaría que nuestras Universidades deberían hacer el mayor esfuerzo posible por integrar como sus alumnos a personas de los más bajos deciles de la economía, es decir, que seamos más audaces a la hora de tener becas.

Pero también nuestras Universidades deben ser, como lo dijo Ellacuría en su momento, espacios de encuentro, justamente con esas personas, con esos jóvenes, que en México son un poco más de siete millones que no estudian ni trabajan. Pienso que ese desafío lo tenemos como Universidad, porque tenemos que enrolar a esos jóvenes en algún tipo de formación, de educación.

 

La Compañía de Jesús y las Universidades confiadas a ella no olvidan a sus figuras más representativas, entre ellas Ellacuría. ¿Pero era necesario su martirio para tener presente su pensamiento, para mantenerlo vigente hoy, a casi 30 años de su muerte?

Definitivamente no era necesario. Sin embargo, ocurrió. Y al ocurrir en las condiciones en que sucedió, creo que la propia Compañía de Jesús, al pasar de los años, ha ido aquilatando la importancia de lo que hizo Ellacuría en vida con la Universidad.

Ellacuría ha sido resignificado en los últimos años, cada vez con mayor énfasis, como modelo de educación universitaria para la Compañía. Eso a mí me parece muy interesante, porque no era así en los primeros años después de su asesinato. Creo que el Martirio de Ellacuría se ha ido caracterizando a nivel mundial por las Universidades jesuitas, que hemos asumido su legado universitario como una inspiración para lo que nos toca hacer en este tiempo a nosotros.

 

La violencia en contra de la UCA de Nicaragua, iniciada en abril de este año, ¿es porque dicha universidad está abrazando a la sociedad civil que se contrapone a lo que está haciendo el gobierno?

Es una universidad acosada, reprimida, perseguida, por el gobierno de Daniel Ortega. El propio Rector de la UCA de Nicaragua está siendo amenazado de muerte. Entonces digamos que son condiciones sociopolíticas similares a las que vivieron Ellacuría y la UCA de El Salvador en los años de 1980.

Esto es muy preocupante, porque nadie quiere que la Compañía tenga más mártires, no los necesitamos, no deberíamos necesitarlos; pero las condiciones de América Latina desgraciadamente hacen posible que personas se comprometan por su contexto y por la condición de injusticia que hay, y se agudizan las contradicciones, definitivamente.

 

¿Qué jesuitas podrían estar hoy, como hizo Ellacuría, ejerciendo un liderazgo social que cuestione al statu quo que está dañando a las mayorías?

Actualmente, ese tipo de liderazgos están un poco disminuidos, porque vivimos una época donde se han debilitado mucho las convicciones por el bien público y por el bien social, justo porque vivimos una época de radicalización de la individualidad y de los intereses individuales.

Afortunadamente, por poner sólo dos ejemplos de nuestro entorno más cercano, encuentro en nuestras instituciones del Sistema Universitario Jesuita (SUJ) al Maestro David Fernández Dávalos, Rector de la IBERO Ciudad de México; y al Doctor Fernando Fernández Font, Rector de la IBERO Puebla. Ellos son voces críticas, fuertes, punzantes, en los contextos de cada cual, y que como Rectores hacen un seguimiento a esta manera ellacuriana de hacer Universidad.

Pienso también en el obispo de Saltillo, Raúl Vera, quien probablemente sea en este momento el obispo más comprometido, más cercano con una agenda como la que tuvo Monseñor Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de El Salvador (asesinado en 1980 y que fue una inspiración teológica-pastoral para Ellacuría).

Pero vuelvo a resaltar, el contexto de ahora ha favorecido las sociedades líquidas, el sentido del sin sentido, el derribamiento o debilitamiento de los vínculos sociales. Por eso creo que toca a las Universidades de la Compañía y a la Cátedra Ellacuría volver a alimentar la necesidad de los vínculos sociales y de la restructuración del tejido social; porque lo necesitamos todos.

 

Usted dice que en el actual siglo XXI es necesario recuperar al ‘Dios de Jesús’. ¿Qué significa esto y cómo aplicar dicha idea a las Universidades jesuitas en sus contextos?

Aplicar el Dios de Jesús significa recordar un rostro de Dios que se compromete con la justicia. En el concepto bíblico, es el Dios que escucha los clamores de su pueblo, que libera a su pueblo. En ese sentido, el Dios de Jesús es un Dios que no está exento de pasar por la historia, de comprometerse particularmente con el pueblo sufriente. Ese es el Dios de Jesús, un Dios que se duele, un Dios al que se le mueven las entrañas por el sufrimiento de su pueblo, particularmente del pueblo más vulnerable.

 

En su comentario final en su participación en la Cátedra Ellacuría, usted mencionó que muchas comunidades cristianas en América Latina están defendiendo hoy sus territorios y pozos de agua de las mineras, y que ésta es una de las muchas formas de defender la teología de la liberación, surgida a finales de los años de 1960. ¿En pleno siglo XXI, todavía podemos hablar de la existencia de una teología de la liberación?

Totalmente. De hecho el Papa Francisco la ha puesto en boga con los contextos actuales, quizás con contenidos distintos, porque al final de cuentas, qué es la teología de la liberación; es una reflexión de Dios que se pone en el marco de la historia.

En el momento de su surgimiento la teología de la liberación tuvo que lidiar con problemáticas de los 70 y 80, y hoy la teología de la liberación lidia con las problemáticas del siglo XXI; en este sentido sigue vigente.

Además, afortunadamente, hay dos generaciones de teólogos de la liberación en América Latina que han estado cada vez más pujantes. Por ejemplo, haciendo teología feminista, haciendo teología india, haciendo teología sobre lo que implica que hoy la mayor parte de las personas vivamos en las ciudades. La teología de la liberación se ha hecho incluso más heterogénea y más especializada con respecto a los nuevos empoderamientos sociales.

 

¿Quiénes hablan de esta teología de la liberación en el siglo XXI?

Hay una plataforma continental que se llama ‘Amerindia’, y esta plataforma es la que está nucleando a la teología de la liberación en América Latina. Cada tres años convoca a un congreso continental de teología de la liberación, y el más reciente justo fue en la UCA de El Salvador, hace un par de meses.

Ahí se aparecen las tres generaciones de teología de la liberación que hay ahora. La primera, liderada por Leonardo Boff, Gustavo Gutiérrez y Jon Sobrino; la segunda, son teólogos que están entre los 40 y 55 años de edad; y la tercera, los que están estudiando teología o los recién egresados de teología, que andan entre los 25, los 35 y menos de 40 años.

Teólogos de la liberación en América Latina que están articulándose con los fundadores de la misma. Que están dejando un legado muy interesante para estas nuevas generaciones, como la brasileña Maria Clara Lucchetti Bingemer, una de las principales teólogas de la liberación y teóloga feminista; y como Socorro Martínez, una teóloga que ha planteado la praxis de los pueblos desde las comunidades eclesiales de base; ellas son dos de las que están haciendo la nueva eclesiología en América Latina.

 

Ignacio Ellacuría, S. J.

  • 1930. Nace en Portugalete, Vizcaya.
  • 1940. Ingresa al internado de los jesuitas en Tudela, Navarra.
  • 1947. Entra en el noviciado de la Compañía de Jesús en Loyola.
  • 1948. Junto con otros novicios y su maestro Miguel Elizondo, es enviado a fundar el noviciado jesuita en Santa Tecla, El Salvador.
  • 1961. Es ordenado sacerdote en Innsbruck, Austria.
  • 1967. Regresa a San Salvador y comienza a enseñar filosofía en la UCA.
  • 1969. Logró que la UCA se hiciera cargo de la revista ECA, que llegó a  convertirse en la revista más famosa de análisis de la realidad salvadoreña.
  • 1970. Es designado encargado de la formación de los jóvenes jesuitas.
  • 1974. Funda el Centro de Reflexión Teológica.
  • 1975. Obtiene la nacionalidad salvadoreña.
  • 1979. Asume el Rectorado de la UCA.
  • 1983. Asume la Dirección del Seminario Xavier Zubiri y queda como heredero intelectual de su obra.
  • 1984. Lanza junto con Jon Sobrino la ‘Revista Latinoamericana de Teología’.
  • 1985. Fundó la ‘Cátedra de Realidad Nacional’.  

Datos

  • Estudió Humanidades Clásicas, Filosofía y Teología.
  • Admiraba la capacidad de trabajo del Padre Aurelio Espinosa Pólit, Rector de la Universidad Católica de Quito.
  • Fue alumno de Karl Rahner, uno de los grandes teólogos del siglo XX.
  • Su gran maestro y amigo fue el filósofo Xavier Zubiri. 

 

Texto: IBERO Ciudad de México

Fotos: IBERO Ciudad de México

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