Soltar para avanzar, la importancia de los cierres
Autoría: Giovana Gaytán Ceja
Comparte:
En la vida hablamos con frecuencia de “cerrar ciclos”, de “soltar” o de “dejar ir”. Son frases que escuchamos en conversaciones cotidianas, en redes sociales e incluso en terapias. Pero más allá de ser expresiones populares, representan procesos psicológicos profundos y necesarios para nuestro bienestar emocional. Cerrar un ciclo no es olvidar ni negar lo vivido; es reconocer que una etapa ha cumplido su función y permitirnos avanzar sin quedarnos anclados al pasado.
A lo largo de nuestra historia personal, vamos acumulando experiencias, relaciones, pérdidas, logros y momentos que nos marcan. Algunos de ellos nos impulsan hacia adelante, pero otros pueden convertirse en cargas que arrastramos sin darnos cuenta. Cuando evitamos cerrar lo que ya terminó —una relación, un empleo, una amistad, un proyecto, una ilusión— nuestro presente se llena de pendientes emocionales, de dudas y de un malestar que a veces no sabemos explicar.
El cierre es un proceso activo. Implica mirarnos con honestidad, reconocer lo que sentimos y darle sentido a lo ocurrido. No se trata de borrar u olvidar, sino de integrar. Muchas personas creen que cerrar es un acto radical o inmediato, como si bastara una decisión. En realidad, suele ser un camino compuesto de pequeños pasos: aceptar que algo ya no funciona, reconocer nuestras necesidades actuales, permitirnos sentir tristeza, enojo o frustración, y finalmente reorganizar la vida sin aquello que se fue.
Soltar para avanzar
Uno de los mitos más comunes es pensar que cerrar ciclos es sinónimo de renunciar. Al contrario: es un acto de madurez emocional. Cuando soltamos, abrimos espacio para crear nuevas experiencias, vínculos más sanos y metas más realistas. Quedarnos en lo que ya no nos suma genera estancamiento, desgaste emocional y una sensación de estar viviendo “en pausa”. Soltar no es signo de debilidad, es una elección consciente de bienestar.
Los cierres también requieren despedirse de las expectativas. Muchas veces nos cuesta más dejar ir lo que imaginamos o idealizamos que aquello que realmente ocurrió. Nos aferramos a la idea de cómo “debió ser”, a la esperanza de que algo cambie mágicamente o a la fantasía de que podemos evitar el dolor. Pero postergar un cierre no elimina la herida, solo prolonga su impacto. En cambio, cuando permitimos que la realidad se muestre tal cual es, empezamos a recuperar el control.
El cierre emocional
¿Cómo iniciar un cierre emocional? El primer paso es reconocer que algo terminó. El segundo es validar lo que sentimos, sin juzgarnos. Después, podemos identificar qué aprendimos y qué queremos llevarnos de esa experiencia. Finalmente, es útil realizar un gesto simbólico: escribir una carta, ordenar un espacio, eliminar objetos que nos atan emocionalmente o simplemente contarnos a nosotros mismos que estamos listos para avanzar.
Cerrar ciclos es un proceso personal, diferente para cada quien. Algunos lo viven en silencio, otros acompañados; algunos requieren tiempo, otros necesitan acción. Lo importante es recordar que nadie está obligado a seguir cargando historias que ya cumplieron su misión. Soltar no borra el pasado, pero sí nos permite construir un presente más libre y un futuro más ligero.
Al final, la vida está hecha de transiciones. Cada cierre abre una puerta. Y aunque duela, también puede ser un acto profundo de amor propio: reconocernos capaces de elegir lo que nos hace bien y valientes para dejar ir lo que ya no. Porque a veces, crecer no es sumar, sino aprender a despedirse.