Atención sitiada: juventudes en la #CiudadDigital
Autoría: Marisol Aguilar Mier
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Hablar de juventudes en las sociedades interconectadas resulta complejo y, a menudo, viene a nuestra mente la imagen de una persona amalgamada a su dispositivo, en constante actividad digital. Sin embargo, esta representación simplifica una realidad más profunda, atravesada por tensiones que impactan la salud mental y la forma en que las y los jóvenes construyen presencia, sentido e identidad en la vida cotidiana.
Ser joven hoy implica aprender a existir en un entorno que captura, fragmenta y monetiza el tiempo mental. Por ello, no basta con asumir que las juventudes están distraídas o absortas en su universo digital. El problema no es la falta de interés o de voluntad, sino un ecosistema diseñado para mantener la atención permanentemente secuestrada.
Las pantallas ya no solo median la comunicación: reorganizan la forma en que se experimenta el tiempo, se construye la identidad y se habita el cuerpo. La existencia transcurre entre notificaciones, likes, recompensas y flujos incesantes de información que generan un estado de hiperalerta, donde estar disponible se vuelve una exigencia y responder, una forma de pertenecer. Así, las juventudes no están desconectadas del mundo; por el contrario, están excesivamente conectadas a demandas simultáneas: mensajes que esperan respuesta, imágenes que solicitan reacción y plataformas que premian la visibilidad constante.
Las consecuencias de esta actividad digital sin tregua no se reducen al cansancio. Se expresan también en la dificultad para sostener el pensamiento, profundizar en una idea o habitar el silencio sin experimentarlo como vacío.
En este contexto, la identidad juvenil se construye en diálogo permanente con algoritmos que jerarquizan, amplifican o invisibilizan ciertas versiones del yo, dejando escaso margen para la introspección. Con ello, la autenticidad se diluye ante la comparación constante y el ruido digital impidiendo el autodescubrimiento. El resultado es una subjetividad tensionada entre el deseo de pertenecer y el cansancio de mostrarse, con efectos en la autoestima, la percepción del propio valor y la capacidad de habitar el presente sin mediación.
A esta tensión se suma un factor menos visible, pero decisivo: el ambiente cognitivo. Las juventudes interconectadas habitan entornos donde los límites entre lo personal y lo expuesto, entre estar en línea y fuera de ella, se diluyen. Cuando el entorno nunca se apaga, la mente tampoco descansa, por ello, la saturación no proviene solo del contenido del scroll infinito, sino de la ausencia de espacios de pausa, de transición y de descanso digital.
La Teoría de la Restauración de la Atención señala que la capacidad de concentrarse no es infinita: se agota cuando el entorno exige vigilancia constante y respuesta inmediata. La atención dirigida, es decir, la que requiere esfuerzo, control y foco, al sostenerse de manera continua, produce fatiga cognitiva: irritabilidad, impulsividad y agotamiento mental. Esta forma de atención necesita espacios de restauración. Entornos naturales, experiencias cara a cara, momentos de juego o de simple estar sin demanda permiten un descanso que no implica desconexión total, sino un retorno a ritmos más humanos.
En contraste, la #CiudadDigital dificulta estas experiencias y prolonga el desgaste. La experiencia juvenil transcurre así en espacios densos en estímulos y pobres en silencios. Esto no significa que las juventudes carezcan de recursos, creatividad o propósito, sino que crecen en un entorno que exige respuesta continua y dificulta los momentos necesarios para pensar, sentir y autoconstruirse.
Y, ¿qué hacer ante este panorama? Pensar alternativas para las juventudes interconectadas no implica negar la vida digital, sino reconfigurar las condiciones en las que esta se habita. Una primera clave es reconocer la necesidad de espacios restauradores de atención que permitan la conexión, pero con uno mismo, con la naturaleza y con la esencia de lo humano.
Otra vía posible es restituir el valor del ritmo lento en un entorno que acelera. Promover la escritura a mano, la lectura sostenida, la conversación sin mediaciones o el silencio compartido permite recuperar formas de presencia que fortalecen la memoria, la autorregulación y el sentido. Por lo tanto, no se trata de imponer desconexión, sino de enseñar a alternar: estar en línea y saber salir; mostrarse y también resguardarse.
En este sentido, es fundamental desplazar el foco del control hacia la conciencia. Más que regular el tiempo de pantalla, resulta necesario abrir espacios de reflexión donde las juventudes puedan nombrar cómo se sienten en este hábitat digital, qué les agota, qué les nutre y qué desean cuidar.
Acompañar estos procesos, desde la escuela, la familia y las políticas públicas, implica reconocer que es posible imaginar colectivamente una #CiudadDigital más habitable, donde la atención no sea solo capturada, sino también cuidada; donde existir no dependa únicamente de ser visto, y donde aún sea posible detenerse, pensar y seguir siendo humanos en la era de los algoritmos.