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Cuando la pantalla decide qué cuerpos importan

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Tal vez el desafío educativo más urgente es no depender tanto de ser deseables para sentirse valioso

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Antes el cuerpo se sentía. Hoy,  
se valida a través de una pantalla
que no habla, pero enseña.

El cuerpo siempre ha tenido una dimensión simbólica. A lo largo de la historia ha cargado significados culturales, normas sociales, deseos. Sin embargo, atravesado por la era digital, se convierte, además, en interfaz: algo que se edita, se filtra y se muestra en pantalla. El cuerpo ya no es solo experiencia vivida, es imagen circulando y siendo evaluada.

Y en ese circular y comparar imágenes ocurre un fenómeno profundamente educativo. El aprendizaje ocurre por repetición, por acumulación de patrones, por aquello que vemos una y otra vez en pantalla y aquello que, sencillamente, no aparece. El algoritmo no sermonea, pero selecciona. No argumenta, pero prioriza. Y en esa priorización cotidiana se va delineando, de manera silenciosa, un perfil corporal deseable. No hace falta que alguien explique cuáles cuerpos importan y cuáles no.

¿Qué estéticas reciben atención? ¿Cuáles generan aprobación en forma de likes? ¿Cuáles merecen ser amplificadas (compartidas, imitadas, comentadas)? La enseñanza es clara: hay cuerpos que cuentan más que otros, cuerpos que parecen encajar con una idea de éxito y deseo que se presenta como natural, cuando en realidad es profundamente cultural…y económica.

El problema no es que existan cuerpos celebrados, sino que rara vez representan diversidad y no siempre encarnan salud. Con frecuencia, la atención algorítmica (alimentada por todas y todos) se concentra en corporalidades que responden a estándares estrechos, poco realistas y, en algunos casos, francamente cuestionables.

Así, la diversidad corporal queda relegada a la excepción. Cuando ciertos cuerpos se convierten en la medida de lo deseable, otros comienzan a vivirse como algo que hay que corregir. Y ese aprendizaje tiene consecuencias: afecta la autoestima, la relación con la comida, con el movimiento, con el descanso, con el propio deseo.

Este peso suele caer con mayor fuerza sobre las juventudes, que viven una etapa de construcción de identidad y deseo de pertenencia intenso, en un mundo en el que la validación digital no es para nada un añadido, pues forma parte de sus referencias culturales, desde su nacimiento.

Así, el cuerpo deja de ser refugio y se vuelve algo que se produce y luego se exhibe. No siempre desde la vanidad, sino desde ese deseo profundamente humano de no quedar fuera y ser visto con buenos ojos. El problema surge cuando el valor personal empieza a confundirse con la apariencia validada y cuando el cuidado se transforma en auto-vigilancia.

Este ecosistema cultural, que premia ciertas formas de estar en el mundo y penaliza otras, termina obligando a mirarse desde afuera, incluso cuando nadie está mirando. La vigilancia se interioriza y el juicio se vuelve automático.

Afortunadamente —y esto es importante— la historia no termina ahí. Si bien hay muchos jóvenes que sufren los efectos perjudiciales de estas lógicas, son las propias juventudes quienes también las desafían. En las mismas plataformas donde se reproducen estereotipos, emergen corporalidades disidentes que incomodan lo hegemónico, comunidades que ensayan otras formas de habitar el cuerpo.

Desafortunadamente, muchas de esas corporalidades existen… pero no circulan. No porque no tengan valor, sino porque no son populares. Esto revela algo incómodo: en la cultura digital no solo somos víctimas de un sistema que impone estéticas, también somos parte de su engranaje. El algoritmo aprende de nosotros y nos muestra, amplificado, aquello que más deseamos ver. Si siempre aparecen los mismos cuerpos…quizá no sea solo por imposición tecnológica.

Lo que circula en nuestras pantallas habla, tanto de la tecnología, como de nosotros. Eso que vemos —y lo que dejamos de ver— ocurre en ese espacio común que habitamos a diario, esa #CiudadDigital que construimos con cada clic, cada silencio y cada gesto de atención.

Llegados a este punto, la crítica no basta. Es necesario abrir la conversación hacia la acción, sin caer en llamados moralizantes. Tal vez lo primero sea aprender a mirar con más sospecha: preguntarnos por qué ciertos cuerpos aparecen tanto, quién se beneficia, qué emociones se activan en nosotros cuando nos comparamos.

Otra acción (profundamente política) es ensanchar deliberadamente el campo de lo visible. Seguir y amplificar voces y corporalidades diversas, no como gesto caritativo, sino como acto de justicia simbólica. No para “dar espacio”, sino para reconocer que ese espacio siempre les ha pertenecido. Cambiar lo que vemos cambia, poco a poco, lo que deseamos.

Por otro lado, está el desafío de reconectar el cuerpo con la experiencia y no solo con la imagen: moverse por placer y no por castigo, comer para nutrirse y no para encajar. Pequeños actos cotidianos que, aunque parezcan individuales, tienen un profundo efecto en un entorno que monetiza la inseguridad.

¿Qué cuerpo dejamos fuera cada vez que miramos nuestra pantalla? Pensar el cuerpo en la era digital es, en el fondo, pensar en el derecho a existir sin ser reducido a imagen. Es aprender a mirarse con menos juicio y más cuidado. Tal vez el desafío educativo más urgente no sea enseñar a mostrarse mejor, sino a no depender tanto de ser deseables para sentirse valiosos.

Porque el cuerpo no es un producto. Es historia, experiencia, vínculo. Y merece algo mucho más que una selfie.

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Publicado originalmente en e-consulta.
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Material gráfico
Misael Chirino Durán
Fotografía
Ramón Tecólt González

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