Lo comunitario como algo necesario
Autoría: Pamela Gérman Rojas
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En los últimos años, el mundo ha atravesado transformaciones profundas que han impactado directamente la forma en que las personas nos relacionamos entre sí. La violencia persistente, la desigualdad social, la precarización del empleo, la pandemia provocada por COVID-19 más todo lo que ello trajo consigo y, más recientemente, el desgaste emocional colectivo, ha evidenciado una realidad innegable: el individualismo no es suficiente para sostener la vida cotidiana. Con este panorama frente a nosotros, lo comunitario no existe como una alternativa romántica o como un deseo inalcanzable, sino como una necesidad urgente.
De acuerdo con datos de la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado, en México se ha mostrado un aumento mantenido en sentimientos como el estrés, tristeza y aislamiento, particularmente después de la pandemia. Estos y otros datos no solo reflejan carencias materiales, sino también una fragilidad en los vínculos sociales. Por ende, el debilitamiento del tejido social está relacionado con el aumento de la violencia y la desconfianza.
En múltiples espacios, la ausencia del Estado ha sido suplida, de manera parcial y emergente, por redes comunitarias como comedores populares, cooperativas, grupos solidarios de ahorro, acompañamiento emocional colectivo y organizaciones sociales que sostienen lo que las instituciones no alcanzan a cubrir.
La pandemia por COVID-19 fue un punto de inflexión. Mientras el confinamiento reforzó dinámicas de aislamiento, también visibilizó la importancia de la organización comunitaria. En múltiples espacios sociales, fueron las redes vecinales colectivas las que facilitaron el acceso a alimentos, medicamentos e incluso apoyo emocional. Según reportes de Oxfam México, las iniciativas comunitarias fueron clave para mitigar el impacto social de la crisis sanitaria, especialmente en contextos de alta vulnerabilidad.
Hablar de lo comunitario no implica negar la individualidad, por el contrario; es reconocer que el bienestar personal está profundamente ligado al bienestar colectivo. La psicología social y comunitaria ha señalado que el sentido de pertenencia, el apoyo mutuo y la participación social son factores protectores frente a la depresión, la ansiedad y la desesperanza. En un país donde solo una minoría accede a atención en salud mental, los espacios comunitarios se convierten en lugares de contención, escucha y dignidad.
Además de todo eso, lo comunitario es, en muchos sentidos, un acto político. En un contexto donde la desigualdad se reproduce estructuralmente: organizarse, acompañarse y cuidarse colectivamente es una forma de resistencia. No se trata únicamente de “ayudar”, sino de reconstruir vínculos, generar sentido y cuestionar la idea de que cada uno debe resolver su vida en soledad.
Nuestra sociedad ha demostrado que, aun en medio de la violencia y la precariedad, tiene y se apropia de múltiples experiencias que apuestan por lo común; tal es el caso de los Centros Comunitarios como Casa IBERO Segundo Montes, SJ., ubicado al sur de la ciudad de Puebla y que por más de 13 años ha acompañado procesos sociales y comunitarios por medio de diversos espacios como: Grupos Solidarios de Ahorro, Talleres para infancias, adolescentes y mujeres adultas, Asesorías Jurídicas, Terapeutas Solidarios, etc.
Todas estas experiencias nos recuerdan que “lo comunitario” no es un concepto abstracto, sino una práctica cotidiana que se construye con presencia, compromiso y responsabilidad compartida. Pensar lo comunitario como algo necesario es, en el fondo, reconocer nuestra interdependencia. Y por ello, en estos tiempos de incertidumbre, la pregunta ya no es si podemos darnos el lujo de pensar en comunidad, sino si podemos permitirnos seguir ignorándola.