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Persona y network
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Lo que aprendemos en las comunidades digitales

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Las comunidades digitales son laboratorios de empatía, cuidado y convivencia

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Desde hace algunos años he formado parte de una comunidad en línea. Es un grupo de apoyo que podría describir como una pequeña sociedad digital: con su cultura, sus normas y sus tensiones.

Como sucede en cualquier espacio de convivencia humana, sobre todo uno que gira en torno al apoyo mutuo, emergen ciertas preguntas: ¿cómo se sostiene la diversidad?, ¿cómo se ejerce el cuidado y el poder?, ¿cómo se forman y mantienen los vínculos cuando todo sucede a través de una pantalla?

En una comunidad digital, las relaciones se construyen solo con palabras. La comunicación escrita ofrece tiempo para pensar, pero también más oportunidades para malentender. En ausencia de gestos o tonos, este tipo de comunidad recurre a otras formas: una serie de códigos tácitos y reglas de convivencia que van delimitando qué se puede decir y cómo debe hacerse. Poco a poco, se desarrolla una cultura propia, producto de un consenso que refleja los valores del grupo.

En este grupo, la norma más importante es el cuidado de quienes atraviesan los momentos más vulnerables. No minimizar su dolor ni desplazarlo con optimismo, sino ofrecer presencia, escucha y validación. Se adopta una organización inspirada en la teoría de anillos, donde las personas que más lo necesitan se ubican en el centro del grupo y el apoyo fluye hacia ellas. No es una dinámica de poder, sino de cuidado, donde las minorías cuentan aún más que las mayorías, y el centro se mueve conforme cambian las necesidades.

A pesar de lo loable de la misión, también hay tensiones. La moderación se vuelve un equilibrio difícil. Hay espacios con pocas reglas y moderación laxa, donde el intercambio se vuelve caótico y reina la desinformación. Sin embargo, con demasiadas reglas y vigilancia, se sofoca la espontaneidad y la conversación se vuelve rígida, autocensurada.

Estas tensiones no son fallas del medio digital. Internet no convierte a las personas en seres distintos y lo que ocurre en un grupo virtual no difiere de lo que sucede en cualquier espacio humano: hay malentendidos, desencuentros, deseos de pertenecer, necesidad de diferenciarse. Si acaso, en Internet, la diversidad se amplifica: personas de distintos contextos se reúnen a conversar desde marcos culturales y emocionales dispares. Esa amplitud es, al mismo tiempo, la mayor riqueza y el mayor desafío. Evitar la cámara de eco —donde todos piensan igual— exige tolerar cierto nivel de conflicto. Pero convivir con el conflicto llega a generar cansancio.

A veces, los intentos por reparar o aclarar producen más fricción. La comunicación digital nos invita a responder siempre, a sostener el diálogo de forma indefinida. Sin embargo, la desconexión también puede ser una forma de cuidado, tanto en lo individual como en la relación: dejar que las emociones pasen y que los lazos se sostengan, temporalmente, en el silencio.

Desconectarse de un mundo digital al que estamos acostumbrados, ofrece también la oportunidad de reforzar la conexión con lo que hay afuera, en el mundo físico. Allí, las personas suelen mostrarse menos abiertas, menos vulnerables, pero es una fachada que esconde la misma necesidad de ser vistos y comprendidos.

Lo aprendido en las comunidades en línea no se queda en la pantalla. Permanece como una práctica cotidiana: la disposición a escuchar, a cuidar el lenguaje, a recordar que cada persona tiene sensibilidades que no siempre conocemos. De forma consciente, intento aplicar esa lógica en mi entorno: al hablar con colegas, al escuchar a mis estudiantes, al ponerme en el lugar del otro. No es fácil, porque hay menos confesiones y menos oportunidades para el cuidado explícito, pero también hay espacio para la sorpresa y la satisfacción de contribuir al bienestar de los demás.

Quizá esa sea la verdadera aportación de estas comunidades. Son el laboratorio social en el que ensayamos nuevas formas de convivencia y, con suerte, aprendemos algo sobre nosotros mismos. Su valor no está solo en acompañar, sino en mostrarnos cómo podría ser una vida más atenta a los demás, dentro y fuera de la red.

Así, en esta aportación de Ciudad Digital, recordamos que lo digital no es lo opuesto a lo humano, sino una de sus extensiones. Lo que ensayamos detrás de las pantallas puede, si somos conscientes, transformarse en una manera más cuidadosa de habitar el mundo real.

Publicado originalmente en e-consulta.
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Material gráfico
Misael Chirino Durán
Fotografía
Ramón Tecólt González

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