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Desinformación e inseguridad: batallas por la narrativa

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La desinformación afecta la percepción de seguridad y erosiona la confianza en las instituciones

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Pasados los días de tensión en torno a la caída de Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, podemos detenernos a analizar lo sucedido desde una perspectiva comunicativa: la desinformación en contextos de inseguridad. Algo que, lamentablemente, se ha vuelto casi tan peligroso y cotidiano como la propia violencia.

En el contexto del combate al crimen organizado que vivimos desde hace casi dos décadas en nuestro país, cada que ocurre un hecho de alto impacto como una detención relevante, un operativo de las fuerzas de seguridad, un ataque armado por parte del crimen organizado o casos de violencia local, como por ejemplo el que tuvimos hace unas semanas en torno al local Sala de Despecho, el caos no sólo se presenta en el espacio público, como lo vivimos el domingo 22 de febrero, sino también se traslada al espacio digital donde se despliegan batallas narrativas.

El espacio informativo, principalmente las redes sociodigitales, se llena de mensajes contradictorios: supuestas filtraciones, videos sin contexto, imágenes editadas con inteligencia artificial, audios alarmistas y cuentas anónimas que aseguran tener “información exclusiva”, con lo que se busca generar versiones encontradas, especulaciones y juicios inmediatos, muchas veces antes de que circulen comunicados oficiales o investigaciones concluyentes. El silencio informativo se llena de una u otra manera. ¿El resultado? Confusión, caos, pánico y miedo.

La batalla informativa, valga la redundancia, no solo es para informar sino también para construir percepciones, y es que quien logra imponer su versión de los hechos puede moldear la conversación pública; puede amplificar la sensación de crisis o minimizarla. Es importante recordar que la desinformación no siempre es una noticia completamente falsa; también lo es una verdad incompleta, un dato fuera de contexto o un rumor amplificado artificialmente y en momentos de tensión social, los tiempos importan: la primera versión que circula suele ser la que más se recuerda, aunque después sea desmentida.

Pero, ¿quién se beneficia con la desinformación? Primero, puede beneficiar a actores gubernamentales cuando buscan controlar daños, suavizar percepciones o retrasar información incómoda, pero también puede beneficiar a la oposición política, que puede amplificar errores o vacíos informativos para cuestionar la capacidad del gobierno. Y no olvidemos al crimen organizado, quien entiende muy bien el poder del miedo. La circulación de información falsa o sacada de contexto puede paralizar ciudades enteras. El rumor se convierte en arma psicológica.

En este sentido, la desinformación es una forma de violencia simbólica: afecta la percepción de seguridad, altera rutinas y erosiona la confianza en las instituciones. Aquí es donde el papel de los medios se vuelve crucial. El periodismo enfrenta una doble presión: informar con rapidez y hacerlo con responsabilidad.

El conflicto: la inmediatez frente a la no verificación. Si un medio replica sin confirmar un video viral o un audio alarmista, contribuye a amplificar el problema, pero si se tarda demasiado en informar, deja el espacio abierto a la especulación. Por eso el periodismo debe insistir en prácticas básicas, pero fundamentales: contrastar fuentes, contextualizar datos, evitar encabezados alarmistas y reconocer cuando la información aún está en proceso de confirmación.

Desde nuestra trinchera, ¿qué podemos hacer como audiencias? Algunas estrategias básicas para evitar caer en la desinformación en contextos de inseguridad son:

1. Desconfiar de audios anónimos que comienzan con frases como “me dijo un amigo que trabaja en…”, por más que nos lo hayan compartido fuentes cercanas como familiares, amigos o vecinos, siempre pongamos en duda esa información; puede haber una buena intención en ponernos al tanto, pero es en esos espacios donde más porosidad existe para la difusión de desinformación.
2. Verificar si la información aparece en medios reconocidos o en canales oficiales antes de compartirla; regresar a los medios tradicionales como la radio y la televisión ayuda a mitigar la propagación de información descontextualizada o falsa.
3. Revisar fechas y contexto: muchos videos que se viralizan corresponden a hechos antiguos o que ocurrieron en otras partes del país o del mundo.  
4. Evitar compartir información en momentos de pánico sin haberla confirmado, es decir, desconfiar del contenido emocional. Si un mensaje nos genera miedo inmediato, probablemente busca manipular. Un reenvío puede parecer inofensivo, pero puede contribuir al caos colectivo, y
5. Entender que no toda ausencia de información es encubrimiento; muchas veces es simplemente el tiempo necesario para confirmar datos.

Frente a cada hecho de alto impacto, la pregunta no es sólo qué ocurrió. Sino también es: ¿quién está contando la historia y con qué intención? En tiempos de crisis, la claridad y el pensamiento crítico frente a la información son tan importantes como las acciones de seguridad.

Publicado originalmente en e-consulta.
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Material gráfico
Misael Chirino Durán
Fotografía
Ramón Tecólt González

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