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Racismo, migración y memoria: Una batalla tras otra

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Una batalla tras otra no es una película políticamente impecable

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Hay películas que entretienen, películas que deslumbran y películas que, además, se atreven a incomodar. En un panorama audiovisual saturado de relatos previsibles, Una batalla tras otra se arriesga a poner sobre la mesa temas que importan y que no siempre encuentran espacio mediático como el racismo, la migración, el encierro, la memoria, maternidades y paternidades rotas, violencias de Estado y formas posibles de la solidaridad y resistencia.

La cinta de Paul Thomas Anderson ganó el Oscar a Mejor Película en 2026 y se llevó también los premios a Dirección, Guion Adaptado, Edición y Casting, entre otros. Podríamos decir que estamos ante una historia que vuelve visible algo que el cine comercial suele evitar que es la relación entre violencia de Estado, racismo, persecución migratoria, desgaste de las utopías y sobrevivencia familiar.

La historia sigue a Bob Ferguson, un ex revolucionario que vive en una especie de exilio interior junto con su hija Willa. El punto de partida parece el de un thriller político, pero la película se mueve en varios registros a la vez. Es una persecución, una queja por las derrotas de una generación, una reflexión sobre la paternidad y, al mismo tiempo, una radiografía cruel de los mecanismos contemporáneos de poder.

Vista desde una perspectiva de derechos humanos, Una batalla tras otra resulta particularmente provocadora porque sitúa desde el inicio la cuestión migratoria como una herida política aún abierta. Distintos análisis sobre la película coinciden en señalar que una de sus imágenes decisivas es la irrupción en un centro de detención de migrantes, una escena que coloca en el centro del relato la violencia del encierro, la criminalización de la movilidad humana y la brutal normalización del control estatal sobre determinados cuerpos.

En tiempos en que la frontera se ha convertido en un terreno peligroso, la película recuerda que detrás del lenguaje administrativo de la seguridad persisten prácticas de separación, vigilancia y deshumanización. Esa lectura dialoga con una realidad reconocible en México, donde la desaparición de personas migrantes, la militarización del control fronterizo y la impunidad forman parte de una misma trama de violencias.

Aunque la cinta se construye en un “presente atemporal”, el cruce con ICE es inevitable; Anderson nos habla del encierro migrante, de la persecución legalizada y del aparato estatal que convierte la exclusión en procedimiento. Aquí el poder aparece como estructura organizada, racializada y sostenida por discursos de orden que encubren prácticas abiertamente supremacistas. No por nada una parte de la crítica ha leído la película como una confrontación directa con el nacionalismo blanco y con formas contemporáneas del fascismo estadounidense.

Ahora bien, una lectura amplia también exige reconocer sus desaciertos. Una batalla tras otra no es una película políticamente impecable. De hecho, parte de la discusión crítica que ha despertado gira en torno a la forma en que representa a las mujeres negras, en particular por el riesgo de recaer en estereotipos hipersexualizados aun cuando busca inscribirlas en una genealogía de disidencia y rebeldía. Esto nos invita a pensar que no toda narrativa crítica del poder está libre de reproducir jerarquías simbólicas.

Uno de los aspectos más conmovedores del filme está en otro lugar; la crianza. En medio de la persecución, de las armas, del miedo y de la memoria política, Anderson coloca una pregunta íntima ¿qué heredan los hijos de una generación que quiso cambiar el mundo y no pudo? La película convierte esa pregunta en motor emocional. La hija no aparece solo como alguien a quien proteger, sino como la medida moral de lo que queda en pie. La crianza, entonces, deja de ser un asunto privado y se revela como terreno político; criar también es disputar el sentido del mundo que se transmite, decidir qué se entrega, qué se repara y qué se combate; porque debajo de la acción persiste la pregunta humana sobre el cuidado, la responsabilidad y el porvenir.

También por eso la lucha organizada ocupa un lugar central. En una época que celebra soluciones individuales y administra la desesperanza, la película insiste en que la resistencia necesita vínculos, memoria y comunidad. Quienes trabajan en derechos humanos reconocerán ahí la verdad elemental de que, frente a la violencia estatal y a la desposesión, casi nada ocurre en soledad. Las búsquedas, las denuncias, el acompañamiento, la defensa jurídica y la exigencia de verdad han sido históricamente tareas sostenidas por redes, familias, colectivos y organizaciones. Esa es otra de las resonancias más fértiles del filme. Ver Una batalla tras otra vale la pena justamente porque no ofrece consuelo fácil.

Publicado originalmente en El Sol de Puebla.
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Material gráfico
Misael Chirino Durán
Fotografía
Ramón Tecólt González

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