Cuando el juego se vuelve mensaje
Autoría: María Elvia Laija Olmedo
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Cada vez que se celebran eventos deportivos de escala global resurge el debate sobre qué tan inmunes pueden ser estas competiciones frente a las disputas políticas, ya que uno esperaría que toda la atención gire en torno a la búsqueda de la excelencia en cada disciplina, en un marco de respeto al resto de las y los competidores, así como a las reglas del juego. Incluso desde el movimiento olímpico se promueve que sea un espacio de neutralidad donde se fomente la paz y la unidad.
Sin embargo, es bien sabido que en todas estas competencias existen intereses más allá del espíritu deportivo. Aunque no creo que debamos llegar al extremo que planteó George Orwell en 1945 en su ensayo El espíritu deportivo, donde afirmaba que el deporte serio es “la guerra sin los disparos”, resulta innegable que detrás de cada olimpiada y cada mundial de futbol hay mucho más que juego limpio y camaradería deportiva.
Además de los grandes intereses económicos y políticos detrás, por ejemplo, de la designación de las sedes de estas grandes competiciones, también las y los atletas participantes han encontrado en estos espacios plataformas globales para expresar sus causas y sus luchas. Uno de estos hechos ocurrió durante los juegos olímpicos en México 1968, cuando los corredores norteamericanos Tommie Smith y John Carlos, medalla de oro y de bronce respectivamente, alzaron su puño con guante negro en el marco de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos.
Cuando el juego se vuelve mensaje
A partir de entonces, múltiples episodios confirmaron que los eventos deportivos internacionales también pueden funcionar como escenarios de confrontación política. Los boicots cruzados entre Estados Unidos y la Unión Soviética en los Juegos Olímpicos de Moscú 1980. También Los Ángeles 1984 evidenciaron que la Guerra Fría también se libraba en el ámbito deportivo.
Con el paso del tiempo, la capacidad de incidencia de los movimientos sociales en la transformación de las agendas públicas —tanto nacionales como globales— se ha incrementado. Luchas como las impulsadas por Black Lives Matter, Me Too y las reivindicaciones de la comunidad LGBTIQ+ han encontrado en los grandes eventos deportivos un espacio de proyección internacional más allá de las protestas tradicionales en las calles.
No obstante, como toda lucha social, este proceso ha sido un “estira y afloja”. En los juegos de invierno en Sochi 2014, el gobierno ruso restringió expresiones visibles de apoyo a la comunidad LGBTIQ+, como la bandera arcoíris y aunque no fue una decisión avalada por el Comité Olímpico Internacional (COI), si se registraron detenciones e incluso algunas deportaciones de activistas en el contexto de la legislación rusa vigente.
El juego como tablero
En contraste, durante los Juegos Olímpicos de Río 2016, el propio COI promovió la inclusión. Esa vez se organizó por primera vez un equipo de atletas refugiados, visibilizando la problemática de los desplazamientos masivos derivados de crisis en África del Norte y Medio Oriente.
Así, en 2021, y después consultar con deportistas, el Comité Olímpico Internacional (COI) modificó algunas disposiciones para proteger ciertos márgenes de libertad de expresión. La Regla 50 establece que los atletas pueden enviar mensajes de activismo político excepto durante las competencias ni en las ceremonias de premiación.
Estos ajustes se han puesto a prueba en los juegos olímpicos de invierno de 2026 realizados en Italia, cuando el atleta ucraniano Vladyslav Heraskevych enfrentó controversia por intentar competir con un casco que aludía a deportistas fallecidos en la guerra que desde 2022 enfrenta su país con Rusia. La polémica se suma a decisiones previas de federaciones afiliadas al COI que, tras el inicio del conflicto, inhabilitaron a atletas rusos para competir bajo su bandera nacional. En este contexto, la pregunta gira en torno a qué se entiende por manifestación política y si resulta legítimo sancionar a deportistas por decisiones adoptadas por sus gobiernos.
Los límites
En definitiva, la utopía de un deporte puramente neutral parece chocar con la realidad de un mundo con tensiones y en conflicto. El desafío para el COI y las federaciones internacionales ya no es solo se limita a establecer las reglas del juego sino definir un criterio de justicia que no termine silenciando la humanidad del deportista en nombre de una neutralidad artificial. Al final, mientras el deporte siga siendo una de las plataformas con mayor visibilidad en el planeta, seguirá siendo un tablero más donde se manifiesten las tensiones de la política internacional.