El regreso de la hiperdelgadez y su impacto emocional
Autoría: Giovana Gaytán Ceja
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Durante algunos años parecía que estábamos aprendiendo a mirar el cuerpo de otra manera. La diversidad corporal comenzó a ocupar espacios en la publicidad, las redes sociales y la conversación pública. Se hablaba de aceptar nuestros cuerpos, de dejar de perseguir medidas imposibles y de comprender que la salud no tiene una sola talla.
Sin embargo, algo parece estar cambiando nuevamente. La hiperdelgadez ha comenzado a recuperar visibilidad como estándar estético. En redes sociales circulan imágenes de cuerpos extremadamente delgados, rutinas restrictivas, dietas, transformaciones corporales y mensajes que presentan la pérdida de peso como sinónimo de disciplina, éxito, belleza e incluso valor personal.
Y el problema no radica en la delgadez como forma corporal, ni debemos convertir el cuerpo de nadie en objeto de análisis o aprobación. El problema aparece cuando una característica corporal se transforma en un mandato social: “para ser atractiva, exitosa o suficiente, tienes que verte así”.
Y estos mandatos tienen consecuencias. La exposición constante a imágenes idealizadas favorece la comparación social. Frente a una pantalla podemos pasar de observar el cuerpo de otra persona a evaluar el nuestro: “¿por qué yo no me veo así?”, “debería bajar de peso”, “mis piernas deberían ser más delgadas”, “no estoy haciendo suficiente ejercicio”.
La investigación ha encontrado que la exposición a imágenes que representan el ideal de delgadez puede deteriorar la percepción que las personas tienen de su propia imagen corporal.
Pero quizá una de las consecuencias más preocupantes sea que el malestar puede volverse invisible porque ciertas conductas han sido socialmente normalizadas.
Dejar de comer, eliminar grupos completos de alimentos, sentir culpa después de comer, pesarse constantemente, hacer ejercicio para “compensar” lo que se comió o experimentar ansiedad ante la posibilidad de subir de peso pueden presentarse como hábitos saludables cuando, en realidad, pueden ser señales de una relación problemática con el cuerpo y la alimentación.
Y ahora tenemos un nuevo protagonista en esta historia: el uso de medicamentos GLP-1. Aquí vale la pena hacer una distinción fundamental. Estos medicamentos tienen usos médicos legítimos y pueden representar una herramienta importante para personas con determinadas condiciones de salud. No se trata de demonizarlos ni de cuestionar las decisiones médicas individuales.
La cultura de la delgadez afecta nuestra autoestima. Cuando comenzamos a creer que nuestro valor depende de nuestra apariencia, cualquier cambio corporal puede sentirse como un fracaso personal. El espejo deja de ser un lugar donde simplemente nos reconocemos y se convierte en un espacio permanente de evaluación.
Y esto puede alimentar un círculo difícil de romper: comparación, insatisfacción, restricción, culpa, ansiedad y nuevamente comparación.
Las redes sociales intensifican este fenómeno porque no solamente muestran cuerpos: los muestran de manera repetida, seleccionada y muchas veces editada. El algoritmo aprende qué nos interesa y puede ofrecernos cada vez más contenido similar. Así, una persona que inicialmente observa algunas publicaciones sobre dietas puede terminar inmersa en un universo digital donde adelgazar parece ser la preocupación central de miles de personas.
Por eso, hablar de salud mental también implica hablar de alfabetización digital. No todo lo que aparece en redes es una recomendación de salud; no toda transformación corporal es replicable; no toda rutina que funciona para una persona es adecuada para otra.
Nuestro cuerpo merece cuidado, pero la salud incluye alimentación, movimiento, descanso, vínculos, emociones, placer, autonomía y bienestar psicológico. No puede reducirse a un número en la báscula ni a una talla de ropa.
La verdadera tarea no consiste en convencer a todas las personas de amar cada parte de su cuerpo todos los días. Quizá una meta más realista y saludable sea aprender a vivir sin estar permanentemente en guerra con él.
Porque cuando la belleza se convierte en obligación, deja de ser una elección. Y cuando nuestro bienestar depende de alcanzar un cuerpo que nunca termina de ser suficientemente delgado, el costo ya no es estético: es emocional.
Cuidar nuestra salud mental también significa cuestionar los ideales que nos enseñaron a perseguir. No necesitamos otro cuerpo para vivir mejor. Necesitamos una relación más amable, crítica y libre con la que ya tenemos.
Nuestro cuerpo no existe para cumplir las expectativas estéticas de los demás.