La herida invisible del divorcio: reconstruir los vínculos de hijas e hijos desde la arteterapia
Autoría: Gabriela Alejandra González Ruiz
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Las dinámicas de pareja en la actualidad han cambiado profundamente. Hoy, las relaciones se configuran desde contextos sociales, culturales, educativos y de género cada vez más diversos. La equidad de género ha permitido que muchas mujeres participen de manera activa en las decisiones familiares, redefiniendo los roles tradicionales y cuestionando estructuras rígidas basadas en la norma, el estereotipo y la expectativa social.
En este escenario de modernidad afectiva, se consolidan parejas heterosexuales y homosexuales, relaciones más equitativas y formas de amar que ya no necesariamente se sostienen en la idea del “para siempre”. El amor contemporáneo implica elección, responsabilidad y consciencia; se inicia desde el deseo de compartir, pero también se transforma cuando deja de ser posible sostener el vínculo.
Hoy, las parejas tienen mayor claridad sobre cuándo y cómo desean comenzar una relación. Sin embargo, no siempre saben cuándo ni cómo ponerle fin. Y es ahí donde el divorcio —lejos de ser solo una decisión legal— se convierte en una experiencia emocional compleja, dolorosa y profundamente humana. Pero cuando hay hijos e hijas, la pregunta se vuelve inevitable:
¿Qué ocurre con quienes crecen dentro de ese sistema familiar que se fractura?
Las niñas, los niños y los adolescentes no viven solo la separación de la pareja parental: viven la ruptura de su familia tal como la conocían. Su red de seguridad, su sensación de certeza y de pertenencia, se ve súbitamente suspendida. Ellas y ellos suelen convertirse en los actores silenciosos del divorcio: sienten, piensan, temen y no encuentran palabras para decirlo.
Algunos viven la separación como una pérdida semejante al duelo; otros, como un alivio necesario; otros más se refugian en la fantasía de una reconciliación. Muchos adolescentes incluso experimentan la ruptura como un fracaso personal. Lo cierto es que cuando no se logra expresar el dolor, éste se manifiesta en síntomas: tristeza persistente, enojo, ansiedad, aislamiento, incertidumbre o profunda soledad.
A esto se suman las múltiples formas en que los adultos atraviesan el divorcio: separaciones respetuosas, conflictos prolongados, abandono del hogar, disputas por bienes o custodias. La diversidad de reacciones es amplia, pero hay una constante que no debe perderse de vista: para los hijos e hijas, esa familia —con sus luces y sombras— era su hogar.
Frente a este escenario, la arteterapia se convierte en un recurso poderoso para restaurar vínculos, ofrecer contención emocional y permitir que aquello que no puede decirse con palabras encuentre otra vía de expresión. El arte abre un espacio respetuoso, amoroso y, cuando es necesario, silencioso, para elaborar el dolor y resignificar la experiencia.
Acompañar a niñas, niños y adolescentes en procesos de divorcio no es tarea exclusiva de madres y padres. La familia extensa, docentes y figuras significativas también pueden convertirse en sostén si saben cómo facilitar la expresión emocional.
Algunas propuestas sencillas desde la arteterapia pueden realizarse incluso en casa:
El corazón del día: ofrecer hojas de colores y pedir que cada día elijan un color para dibujar cómo está su corazón hoy. Estos dibujos pueden formar una pequeña galería que permita observar y compartir su proceso emocional. Sin interpretar ni evaluar el resultado de arte.
El Artbook personal: crear un libro donde el niño, niña o adolescente dibuje elementos que lo representen —un objeto, un cuerpo, un coche, un rostro— como forma de narrarse a sí mismo y cómo imagina su futuro sin el sistema familiar.
Arte en el piso: con gises, invitar a dibujar una “familia de árboles” que represente cómo están hoy los vínculos, dónde se colocan ellos y cómo se sienten.
Modelado con plastilina: crear figuras que simbolicen a su familia y hablar sobre cómo las perciben y cómo se sienten dentro de ella. Remoldear las figuras para transformar que necesitan ser en el presente para ayudar, apoyar con su sola presencia a sus padres y hermanos.
El arte tiene la capacidad de organizar, restaurar e integrar. Permite que niñas, niños y adolescentes vuelvan a sentirse el centro digno de cuidado, recordándoles —más allá de la separación— que el amor de sus padres permanece, aunque la familia ya no habite bajo el mismo techo.
Los divorcios, incluso los necesarios y consensuados, atraviesan inevitablemente la vida emocional de los hijos e hijas. La manera en que los acompañemos marcará la diferencia entre una experiencia que deja heridas silenciosas y una transición que puede sanar, resignificar y fortalecer su confianza en lo que para ellos significa familia.