Flora silvestre y nichos de vida
Autoría: Guillermina Margarita López Corral
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El cambio de uso de suelo es una de las principales causas de la pérdida de especies de flora y fauna. En los entornos urbanizados, donde han desaparecido los suelos agrícolas y muchas prácticas asociadas al campo, también se han perdido especies de importancia biocultural y saberes valiosos, como la recolección de plantas silvestres, insectos comestibles y el reconocimiento y uso de hierbas medicinales.
Gran parte de estos saberes también se está perdiendo. En muchas poblaciones rurales, los servicios de agua potable y saneamiento son deficientes y las aguas residuales se descargan en los ríos. Como consecuencia, las personas ya no pueden nadar en ellos y mucho menos recolectar quelites para comer. Quelite proviene del náhuatl quilitl: hierba comestible.
Algunas plantas se conocen cada vez menos y también han dejado de consumirse. Entre ellas está el jaltomate —xalli, arena; tomate de arena—, que anteriormente se recolectaba en el campo. También están las “orejas de ratón” o llantén mayor, utilizada para aliviar la comezón de picaduras de insectos, y la espinosilla, una hierba que se empleaba para lavar el cabello.
Cada vez es menos común que una abuela nos enseñe los nombres de las plantas o nos lleve al campo para reconocerlas. El reconocimiento de las hierbas que se comen, o curan se va volviendo menos frecuente.
Sin embargo, durante los meses de temporal, en camellones, parques y terrenos baldíos crecen especies silvestres que constituyen nichos de vida y diversidad. En los camellones de San Andrés Cholula y Puebla podemos observar matorrales en floración que atraen abejas, chapulines, mariposas, abejorros, escarabajos e incluso ranas.
Diversidad de flora en calles de Puebla
Si observas una pequeña flor blanca con centro amarillo, puede tratarse del mozoquelite (Bidens odorata), una planta que resulta muy atractiva para abejas y mariposas y sirve de alimento para el ganado. Sus semillas son esas pequeñas “espinitas” negras que solemos llevar pegadas en la ropa al caminar por el campo. Nadie las riega ni las cuida: dependen del temporal y, mientras florecen, ofrecen alimento a los polinizadores.
Otra flor conocida por sus usos medicinales y alimenticios es el alache (Anoda cristata). Entre la milpa y en los camellones aparecen también, durante las lluvias, unas flores lilas de centro blanco y hojas parecidas a puntas de flecha que mi abuela llamaba malvas. Todavía se encuentran en algunos mercados, recolectadas por mujeres del campo, y se disfrutan en un caldito con verduras, tortilla hecha a mano y salsa.
También está el gordolobo, cuyo sabor recuerda a la nuez y que se prepara en cocimiento con buganvilia para aliviar la tos. O la hierba del golpe, una pequeña flor rosa documentada en libros de medicina tradicional mexicana que quita moretones.
El tepozán es un árbol que crece en terrenos baldíos y todavía encontramos a orillas del río Atoyac. Se ha utilizado en partería y en baños por sus propiedades cicatrizantes. Además, sus hojas sirven de alimento para la oruga de la mariposa cola de golondrina o Quetzalxóchitl.
Cuando la humedad y la fertilidad del suelo lo permiten, la hierba aparece y florece. Cuando era niña y viajábamos por carretera, recuerdo que el campo se veía rosa por las flores de mirasol o cosmos. Actualmente ya no las veo con la misma frecuencia, pero me alegra saber que hay viveros que propagan y conservan flora nativa.
Es muy valioso que estos viveros rescaten nuestras flores y plantas, haciendo justicia a especies consideradas durante mucho tiempo “maleza”. Hagamos también justicia a la flora silvestre de nuestros camellones, parques y terrenos, reconociendo que esas pequeñas hierbas y flores son refugio y alimento para muchas formas de vida.
Antes de arrancarlas o podarlas todas, aprendamos a mirarlas, reconocerlas y valorarlas. En cada pequeño espacio donde dejamos florecer la vida también conservamos memoria, alimento, medicina, polinizadores y conocimientos que forman parte de nuestro patrimonio biocultural.