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Ciudad destruida
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La crisis de la modernidad y la reinvención de casi todo

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La modernidad nos ha demostrado la contradicción entre las guerras en todo el mundo y la aparente búsqueda de la justicia en “naciones civilizadas”

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Después de la segunda guerra mundial, al menos en el hemisferio occidental, muy probablemente se imaginaba un escenario futuro de la modernidad jurídica y política en la que tendríamos una comunidad de Estados nacionales consolidados en los cinco continentes.

En tal escenario, el modelo de democracia liberal se habría perfeccionado y extendido a todos los países. Los partidos políticos representarían a la diversidad de propuestas ciudadanas y competirían en procesos electorales justos, transparentes y periódicos. La violencia criminal y la ilegalidad en general, aunque inevitables, serían enfrentadas por una judicatura independiente que haría cumplir de manera estricta el derecho positivo a través de resoluciones con intachable pureza técnica, lejos de toda sospecha de parcialidad. Themis, la Diosa de la Justicia, sería reivindicada.

En el marco internacional también habría escenarios ideales imaginados. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) se erigiría como el espacio de los debates más importantes sobre las problemáticas globales. Los conflictos interestatales serían resueltos bajo los principios del derecho internacional de las naciones civilizadas que, no sobra decirlo, serían todas las naciones del orbe, una vez superada la barbarie, el disparate comunista y los rezagos de algunas regiones para incorporarse de lleno al desarrollo industrial, al crecimiento económico y a las bondades del libre mercado.

La década de 1960 fue convulsa: un conato de guerra nuclear en 1962, los movimientos de liberación en el continente africano, el Mayo francés, la Primavera de Praga y multitud de conflictos bélicos y magnicidios brutales. Pero la humanidad seguía decidida en su convicción modernista.

La novedad aparecida en los tempranos años 70s respecto a la fragilidad planetaria frente al entusiasmo industrializador, tampoco desanimó. Sería una más de las incidencias que resolvería la Asamblea General de la ONU a punta de reuniones cumbre y tratados internacionales.

Caída del Muro de Berlín
A finales de la década de 1980, la caída del Muro de Berlín y la debacle del socialismo en el este europeo, revitalizaría las esperanzas cuando la generación de la Guerra Fría empezaba a dudar respecto a los ideales imaginados. Con renovado entusiasmo, Washington, de la mano del Fondo Monetario Internacional (¿o al revés?), publicitaría una serie de pretendidos consensos que terminaban con las discusiones sobre el rol de los Estados en la construcción de un mundo próspero. Los Consensos de Washington y Francis Fukuyama, anunciaban el fin de una larga historia de incertidumbres.

No obstante, pasado el primer cuarto del siglo XXI, la utopía moderna hace agua por todos lados… Veamos algunos ejemplos.

Los Estados-nación, lejos de consolidarse, se encuentran en una etapa de rediseño -para decirlo en términos amigables-. Las naciones, desde la perspectiva sociológica, han sido más una aspiración que un hecho histórico. La implementación de narrativas épicas fundacionales y su difusión a través de los sistemas educativos oficiales han tenido un impacto insuficiente. En la búsqueda de un modelo viable para sostener la unidad política, se empieza a admitir la plurinacionalidad o, al menos, la pluriculturalidad poblacional. Así, pueblos y comunidades diversas, especialmente en Latinoamérica, han tomado un respiro para poder alzar la voz frente al extractivismo desarrollista y frente al chantaje del interés nacional.

Democracia liberal y el rol de los tribunales
El modelo de democracia liberal pierde adeptos y se fortalecen los populismos a la derecha y a la izquierda. También parece admitirse, no sin resistencia, que el rol de los tribunales es eminentemente político. La justicia selectiva dibuja una Themis que se levanta la venda de manera subrepticia para no cometer el error de blandir su espada contra los poderosos.

En el escenario mundial vuelve el lenguaje grandilocuente de las guerras santas mientras la ONU aparece como un espectador humillado ante una danza de misiles, drones explosivos y genocidios. Las naciones civilizadas que menciona el artículo 38 del Estatuto de la Corte Internacional de Justicia -qué ironía- son actores principales en este espectáculo macabro.

Si miramos con detalle lo que pasa en contextos más locales, seguimos encontrando sinsentidos y paradojas que nos remiten, irremediablemente, a la necesidad de reinventarlo casi todo. La modernidad -como diría un célebre sociólogo portugués-, nos ha conducido a encrucijadas para las que la propia modernidad no tiene respuestas. Tendremos que reinventar la forma de convivir, de distribuir la riqueza y el poder, de relacionarnos con los otros y con el planeta; tendremos que imaginar otras posibilidades más allá de la modernidad que ha devenido en distopía.

Publicado originalmente en Ángulo 7.
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Material gráfico
Misael Chirino Durán
Fotografía
Ramón Tecólt González

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