Cuando ser humano no basta, soy therian
Autoría: Jazmín Jiménez Bedolla
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Hay algo profundamente revelador en escuchar a una adolescente decir: “no me siento completamente humana”. No lo dice desde la fantasía infantil ni desde la metáfora literaria, sino desde una narrativa identitaria que encuentra eco en comunidades digitales. En los últimos meses, el fenómeno therian (jóvenes que se identifican espiritual o psicológicamente con un animal), ha ganado visibilidad en redes sociales. Más allá de la reacción inmediata: burla, alarma o patologización; vale la pena detenernos a comprender qué nos está diciendo esta tendencia sobre la adolescencia en la cultura digital.
Como madre de una adolescente y como alguien que se educa y forma en cultura digital, vivo en esa doble tensión: la del cuidado y la del análisis. La adolescencia siempre ha sido territorio de exploración identitaria. Lo novedoso hoy no es la búsqueda, sino el ecosistema donde ocurre. Las redes sociales no solo amplifican preguntas existenciales; ofrecen lenguajes, etiquetas y comunidades listas para alojarlas.
La investigadora Danah Boyd advierte que las redes no son espacios “irreales”, sino escenarios donde las y los adolescentes ensayan quiénes son frente a otros: “los jóvenes utilizan los medios sociales para negociar la identidad y encontrar su lugar en el mundo” (Boyd, 2014). La cultura digital funciona como laboratorio identitario. TikTok, Discord o Instagram no son simples plataformas de entretenimiento; son espacios de validación simbólica. Allí, una inquietud íntima puede transformarse en identidad colectiva en cuestión de semanas.
Vivimos además —como señala Zygmunt Bauman— en una modernidad donde la identidad dejó de ser un destino para convertirse en tarea permanente: “la identidad ya no es algo dado, sino algo que se construye y reconstruye constantemente” (Bauman, 2000). En este contexto, las etiquetas digitales ofrecen anclas temporales en medio de la incertidumbre. El algoritmo detecta intereses, emociones y vulnerabilidades, y conecta a quienes comparten sensaciones similares. Lo que antes podía ser una experiencia aislada hoy encuentra nombre, estética y narrativa compartida.
¿Significa esto que la tecnología “convierte” a los adolescentes en algo que no son? No necesariamente. Más bien, ofrece marcos de interpretación. Cuando un adolescente experimenta extrañamiento, incomodidad corporal o desconexión social (experiencias comunes en esta etapa); la cultura digital provee metáforas poderosas para explicarse: “soy lobo”, “soy zorro”, “no encajo en lo humano”. No es que ser humano no baste; es que el entorno humano percibido puede sentirse insuficiente, hostil o incomprensible.
Aquí el fenómeno therian deja de ser anécdota para convertirse en síntoma cultural. Vivimos en una época de hiperexposición, comparación constante y presión por performar identidades exitosas. Frente a ello, la identificación con lo animal puede representar autenticidad, instinto, libertad de las normas sociales. Es una forma de resistencia simbólica ante un mundo que exige coherencia, productividad y definición temprana.
Pero también hay riesgos. Cuando la identidad se consolida exclusivamente en comunidades digitales, puede llegar a ser demasiado rígida sin el contraste del diálogo intergeneracional. La adolescencia necesita espacios seguros de exploración, sí, pero también referentes adultos capaces de acompañar sin ridiculizar ni romantizar. La cultura digital no es el enemigo; el vacío de conversación sí lo es.
En mi rol de madre de una adolescente y como constructora de la cultura digital, vivo en una doble tensión permanente: la del cuidado y la del análisis. Confieso que cada vez que emerge una nueva tendencia en redes sociales, mi primer impulso no es académico, es profundamente maternal. Mi instinto protector se activa. Quiero entender de qué se trata, qué narrativas la sostienen, qué comunidades la impulsan y qué necesidades emocionales podría estar tocando. Entonces investigo. Leo, observo, analizo conversaciones digitales, reviso antecedentes. No para anticipar una prohibición (a veces sí), sino para poder acompañar mejor, para hacer preguntas más informadas y ofrecer respuestas menos reactivas a mi adolescente.
Nuestros adolescentes no están “perdiendo la identidad”; están construyéndola en un entorno radicalmente distinto al nuestro. El desafío no es frenar esa construcción, sino acompañarla con conversación, pensamiento crítico y presencia afectiva.
En esta era, en estos tiempos, la pregunta no es por qué nuestros hijos e hijas buscan ser algo más que humanos. La pregunta es qué tipo de humanidad les estamos ofreciendo para que quieran habitarla.
Referencias:
Boyd, D. (2014). It’s complicated: The social lives of networked teens. Yale University Press. https://www.danah.org/books/ItsComplicated.pdf
Bauman, Z. (2000). Liquid modernity. Polity Press.