Amar o morir
Autoría: Leopoldo Díaz Mortera
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Los mitos románticos y la mutilación emocional forman a los jóvenes que no saben amarse ni amar
Crecimos con distintas ideas del amor romántico y aunque todas me parecen preocupantes, algunas son más peligrosas que otras. Quienes crecieron con los grandes íconos de la literatura como Romeo y Julieta, o Heathcliff y Catalina de Cumbres Borrascosas, aunque no los leyeran, el cine nos heredó esas historias bajo el mismo título, generación tras generación, y el teatro y la televisión las han reproducido en decenas de variantes que nos enseñan, sin que lo notemos, que el amor verdadero se mide por su capacidad de destruir.
Por ende, el amor pareciera más auténtico cuanto más letal. La ficción, con su enorme poder pedagógico, no advierte sobre sus riesgos, sino que seduce con su estética para convencernos de que quien ama de verdad está dispuesto a morir por amor o, en su versión más oscura, a matar por él.
Esa fantasía le regaló al romanticismo contemporáneo una dosis extra de nostalgia decimonónica: pasamos de quitarnos la vida por amor a matar en su nombre. Sabines nos regaló versos que inflaman el deseo, pero para quien no comprende el amor, pueden distorsionar su imagen haciéndole creer que es literal que si -el amor, cuando no muere, mata- entonces -los amores que matan, nuca mueren-; estas ideas se arraigan y acentúan en cada generación con sus signos e historias que disfrazadas de pasión y entrega construyen una idea desvirtuada de “amor verdadero”. Y bajo esta lógica romántica del siglo XXI, los celos se viven como prueba de compromiso y el control como cuidado.
Bell Hooks, en El deseo de Cambiar, afirma que “el primer acto de violencia que exige el patriarcado al hombre no es contra las mujeres, sino contra sí mismo”. La violencia parece ser un componente que está en las expresiones de amor incluso antes de lo que pensamos: se romantiza el amor violento cuando un padre corrige a su hijo con maltratos físicos, pero también psíquicos. Desde pequeños se enseña a los varones que las mujeres son objetos que por un lado es deseable poseer, pero por otro es degradante parecer, con expresiones como “aguántese”, “no llore que eso es de niñas”. Hooks llama a este acto “automutilación psíquica”, el mandato de masculinidad que lleva a reprimir lo que sentimos ordena “matar la parte de él que siente para poder ser hombre”. No se nace incapaz de sentir, se aprende a fuerza de burlas, silencios impuestos y de humillación sistemática de cualquier gesto de ternura o vulnerabilidad.
Esta idea cambia por completo la pregunta que solemos hacernos frente a la violencia machista. No se trata solamente de qué le hace un hombre a una mujer, sino de qué le fue hecho a él para que aprendiera a relacionarse desde esa lógica. El niño que llora y no es consolado, el adolescente que aprende que la ternura es cosa de niñas y reproduce la crueldad vivida para que sus pares también se endurezcan, el joven al que sus amigos corrigen y molestan cada vez que se permite mostrar miedo o tristeza. De esta forma, va aprendiendo, mucho antes de tener una pareja, que sentir es un riesgo y que la única emoción permitida es la ira.
Ante los actos de violencia extrema, cada vez más generalizados, la pregunta no es ¿por qué está pasando esto? Para después ensayar una respuesta que calme las consciencias, tratando de responder desde la experiencia violenta en videojuegos, el bullying, la salud mental o las familias disfuncionales. En todo menos en el guion que llevamos años aprendiendo y reproduciendo los hombres desde la cuna. Los chicos violentos no son la causa de los males, sino el síntoma de un entrenamiento emocional que empezó desde la infancia, cuando alguien decidió que llorar, abrazar y sentir demasiado son expresiones de debilidad.
Es justo en ese terreno emocional ya mutilado donde germinan con más fuerza los relatos de amor romántico que idealizan la posesión y la destrucción. A un joven al que se le enseñó a desconfiar de sus propias emociones, que aprendió que sentir es debilidad, le resulta casi natural interpretar los celos como amor y el control como cuidado, porque son las únicas gramáticas efectivas que el patriarcado le dejó disponibles. Cuando la ficción, además, le confirma una y otra vez que el amor verdadero es el que no se detiene ante nada, ni ante la negativa o la muerte, los deseos de la otra persona no son más que una dificultad más que se interpone en el deseo personal y superarlo es también una muestra de amor. Imponer la propia voluntad, sobre la de la otra persona, es parte de las consecuencias de la mutilación psíquica que alimentan este mito romántico.
Advertir sobre este riesgo no significa culpar a los jóvenes ni patologizar el amor adolescente; por el contrario, se trata de nombrar el terreno cultural en el que se están formando sus primeros vínculos. Mientras sigamos educando a los niños para que se repriman y dejen de sentir y, al mismo tiempo, lees entreguemos historias que celebran el amor avasallante y destructivo como la forma más elevada y apasionada de entrega, seguiremos produciendo generaciones que confunden el sufrimiento, propio y de los demás, con la intensidad y violencia como prueba definitiva de la intensidad con la que se ama.
Cambiar estas lógicas exige dos tareas simultaneas: por un lado, permitir que los jóvenes y los niños crezcan sin pedir permiso para sentir sus emociones, experimentándolas sin culpa y reconociendo lo que sienten sin que sean juzgados o denostados por sentirlo y expresarlo; por otro lado, ofrecerles relatos de amor que modelen y legitimen vínculos de confianza y compromiso que no están centrados en la muerte, sino en su trascendencia como posibilidad de salvarnos a través de y para el amor.