Un pedacito de indignación
Autoría: Mónica C. Palma Rivera
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Primero vinieron por los socialistas, y guardé silencio porque no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas, y no hablé porque no era sindicalista. Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque no era judío. Luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre.
Martin Niemöller
Esta frase atribuía a Martin Niemöller durante el Holocausto resuena hoy con una vigencia aterradora en los pasillos de nuestras instituciones. Hace unos días, una gran amiga fue despedida de la institución en la que trabajó por casi quince años. La noticia me afectó con una indignación difícil de procesar: habiendo colaborado con ella en múltiples proyectos, conozco de primera mano su entrega, su rigor y su calidad humana. ¿Cómo es posible que una trayectoria de década y media se desvanezca en un trámite administrativo tan mecánico y frío?
Sin embargo, con seguridad puedo afirmar que no se trata de una historia aislada, sino que es el síntoma de una patología social que nos exige dejar de ser espectadores, o por lo menos, desearlo. De otro modo, la indignación, si no se vehicula hacia la acción, se convierte en peso muerto. Como nos enseñaba esta amiga en un taller que nos brindó hace unas semanas, el reto al que conlleva esta indignación es “acuerpar las luchas de los demás”. Este concepto no es una abstracción poética, es una respuesta política necesaria en un México desgastado por la impunidad, donde la injusticia ha dejado de ser una excepción para convertirse en el paisaje cotidiano.
Para entender lo que le ocurrió a mi amiga (como seguramente le ha pasado y pasa a muchas personas), debemos ampliar nuestra lente sobre lo que significa la justicia. En su artículo Justicia y vida cotidiana (2015), José Antonio Caballero y Rodrigo Meneces nos invitan a observar los conflictos más allá del ojo rígido del Estado o los tribunales, nos exhortan a observarlos desde la interacción diaria: en la calle, en la oficina, en la escuela. La justicia cotidiana es la que se vive en el trato digno, en el reconocimiento del esfuerzo y en la transparencia de los procesos institucionales.
Cuando una institución —que debería ser un espacio de formación y valores— prescinde de una persona comprometida sin una fundamentación ética clara, está fallando en su dimensión más básica de justicia. Si el sistema legal en México ya está “traqueteado”, reproducir esa arbitrariedad a nivel interpersonal es una forma de traición social. La justicia no empieza en un juzgado; empieza en la capacidad de mirar al otro a los ojos y reconocer su valor antes de emitir un oficio de despido.
Este fenómeno se enmarca en lo que Rita Segato define como las “pedagogías de la crueldad”. Para la antropóloga, el sistema actual nos entrena para capturar la vida en formas de mercancía, transformando a los sujetos en objetos desechables. La pedagogía de la crueldad nos enseña a desensibilizarnos ante el sufrimiento ajeno para que la maquinaria siga funcionando sin fricciones. En el entorno laboral, esto se traduce en ver a una profesional de 15 años de antigüedad como un simple número en una hoja de cálculo.
Frente a este mandato de deshumanización, Segato propone las contrapedagogías de la crueldad: rescatar la sensibilidad, los afectos y la capacidad de hacer comunidad. Acuerpar a mi amiga es negarme a aceptar que su salida sea un evento “normal”, administrativo, consecuencia de un mal desempeño que parece que ocurrió de un día a otro. Es reaprender a sentir y, sobre todo, a convivir desde la rabia digna —esa que en otros niveles y contextos, ha impulsado verdaderas luchas por la justicia y contra la impunidad en nuestro país—. No es una rabia que destruye, sino una que construye comunidad al decir: “lo que te duele a ti, me atraviesa a mí”.
Vivimos en un contexto que premia la “prudencia”, el silencio y la obediencia. A menudo, preferimos no incomodar para no poner en riesgo nuestra propia estabilidad. Sin embargo, esa indiferencia es la que permite que las instituciones se vuelvan castillos de papel. Buscamos y protegemos aquello que nos beneficia individualmente, ignorando que, al callar ante el atropello del colega, estamos validando el mecanismo que mañana podría ser usado contra nosotros. La comodidad del espectador es cómplice de la desposesión de las mujeres y trabajadores que, como mi amiga, sostienen con su cuerpo y alma la vida de las instituciones.
La indiferencia no es neutralidad; es una decisión política que pavimenta el camino para la crueldad. Mirar hacia otro lado cuando el entorno institucional despoja a una mujer de su trayectoria y sustento es aceptar que nosotros también somos piezas reemplazables en una maquinaria sin alma. Ante el mandato de la crueldad y la desmemoria, nuestra mayor rebeldía es el afecto, la solidaridad política y la negativa a normalizar el abuso. Si no despertamos ante la injusticia que toca a quienes amamos, ¿quién quedará para hablar por nosotros, nosotras, nosotres cuando el silencio nos alcance?
Referencias
Caballero, J. A., y Meneces, R. (2015). Justicia y vida cotidiana. Hechos y Derechos, (27). https://revistas.juridicas.unam.mx/index.php/hechos-y-derechos/article/view/7285/9221
Segato, R. (2018). Contrapedagogías de la crueldad. Prometeo Libros.
United States Holocaust Memorial Museum. (s.f.). Martin Niemöller: “Primero vinieron por los socialistas…”. Holocaust Encyclopedia. https://encyclopedia.ushmm.org/content/es/article/martin-niemoeller-first-they-came-for-the-socialists