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Redes Sociales
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Ante la prisa, pausa

Subtítulo
"Lo que nos hace humanos es la profundidad para habitar el silencio para entender lo que vivimos"

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¿Te ha pasado que, tras una hora de navegación inercial por el flujo infinito de una red social, sientes un vacío extraño, como si todo ese tiempo se hubiese perdido porque el torrente de datos pasó frente a tus ojos sin pena ni gloria?

Paradójicamente, aunque creas que esa información "no te rozó", la verdad es que te afectó profundamente. Quizá te cambió el humor, te aceleró el pulso, o te sembró un deseo que no tenías. Y es que ante la soberbia de creer que la tecnología es un objeto inerte que solo obedece, la realidad nos enfrenta al hecho de que, por el contrario, se trata de un actor silencioso que nos está moldeando constantemente, a una velocidad imperceptiblemente vertiginosa.

Para entender mejor este fenómeno, debemos recuperar las ideas de Bruno Latour, un pensador francés que dedicó su vida a rastrear conexiones invisibles en obras cómo Nunca fuimos modernos, donde nos sacude la ilusión de que estamos separados de la naturaleza y la técnica, o en su propuesta de la Teoría del Actor-Red, que nos invita a mirar el mundo no como un conjunto de cosas aisladas, sino como un tejido vivo donde cada hilo —sea un cable, un código o un humano— tiene el poder de transformar el conjunto.

Latour introdujo el concepto de "actante" para recordarnos que, en cualquier situación social o técnica, no solo actúan las personas. Un actor es, por definición, cualquier cosa que produce una diferencia en el curso de la acción; algo que, si se retira, cambia el resultado del evento. Piensa, por ejemplo, en el GPS de una app de movilidad: no es un simple mapa, es un actor que decide por qué calle vas y te quita la preocupación de orientarte, actuando sobre tu conducción y alterando tu relación con el entorno físico, antes de que tomes una decisión consciente sobre ¿por dónde quiero ir?

Esta agencia de los objetos se vuelve una fuerza brutal en la #CiudadDigital. Aquí, el algoritmo no es un espectador, es un motor invisible que organiza/dinamiza el mundo basándose en la economía de la atención. Pero la era digital no es solo el algoritmo; es el ecosistema entero donde la Inteligencia Artificial redacta nuestros correos, el comercio electrónico anticipa nuestros antojos y las redes sociales amplifican, desde movimientos de justicia social, hasta las fake news más corrosivas.

En este escenario, el celular en tu mano deja de ser una herramienta para convertirse en un actor que modifica tu paciencia, tu forma de mirar al otro, la velocidad a la que vives y consumes/produces contenido, y un largo etcétera.

Esta colonización de nuestra atención opera bajo una lógica centrífuga: todas esas apps están diseñadas para la extroversión perpetua a un ritmo acelerado. Son fuerzas que tiran de nuestra mirada hacia afuera, hacia el siguiente reel, hacia la producción inmediata de un contenido (una imagen, un texto, un esquema) sin tener que gastar tiempo en pensar, hacia el botón de “compra en un clic” que anula la deliberación entre la necesidad y el impulso.

Este tirar hacia afuera, impide que el pensamiento rebote y regrese a nosotros. Así, nos convertimos en un ensamblaje de carne y silicio, pero con una relación que implica un riesgo para nosotros: la máquina es incesante, nosotros, en cambio, somos rítmicos. El resultado es, que nos vemos arrastrados por la tecnología, que ya ha tomado el volante, mucho antes de que deslicemos el dedo por la pantalla.

Y cuando la máquina toma el volante, es cuando aparece esa sensación de vacío de la que hablamos al inicio, porque en el fondo, nos hemos convertido en espectadores pasivos, deslizándonos hacia el uso de la tecnología como un bypass para evitar el esfuerzo de procesar la vida y, en última instancia, el esfuerzo de ser humanos.

Lo observo en las aulas universitarias cuando un estudiante le pide a una IA que resuelva una reflexión ética o aborde un tema complejo sin involucrarse intelectual ni afectivamente en el proceso: la información viaja de la base de datos a la pantalla, y de ahí a las manos del profesor, sin reflexión de por medio. El sujeto se convierte en un simple cable de cobre por donde viajan las palabras, renunciando a su capacidad humana de pensar el mundo.

Ante el peligro de no controlar el volante, hay quienes abogan por desterrar a las tecnologías, volver a los “teléfonos tontos”, al lápiz y papel en las escuelas, en un bien intencionado pero equivocado esfuerzo por protegernos de una supuesta deshumanización intrínseca a la era digital. Esto es imposible: si como revela Latour, somos, por definición, actores dentro de una red, y en la actualidad, esa red incluye a la tecnología digital como un actor no humano de gran relevancia, pretender volver atrás, es negar nuestra condición humana.

Pero más allá de la inviabilidad, la desconexión resulta desaconsejable. A diferencia del estudiante intermediario, que solo pasa de un lado a otro la información, un estudiante que aprovecha el potencial de las tecnologías que conforman su red recibe un dato, se detiene, activa la curiosidad y la duda, para no ser un conducto pasivo. Habita la información con su propia historia y la devuelve al mundo transformada, logrando que la colaboración entre actores humanos y no humanos dé como resultado un fruto enriquecido.

Por eso la respuesta no es la desconexión, sino la autonomía de la conexión, la capacidad de decidir cómo, cuándo y para qué nos vinculamos con la red. Retomar el volante requiere recobrar la capacidad de asombro, esa chispa que nos permite detenernos ante lo mínimo. Pero el asombro es solo el inicio, el verdadero acto de soberanía es la pausa introspectiva.

La pausa no como descanso ni desconexión romántica, sino como esfuerzo cognitivo que puede incluso resultar incómodo al obligarnos a rechazar el aturdimiento complaciente de navegar sin decidir. Como un acto de rebeldía, que se manifiesta en tres movimientos de resistencia. Primero, la resistencia a la inmediatez, ese silencio de diez segundos que nos permite elegir la acción consciente sobre la reacción automática.

Segundo, la elección ética de nuestros vínculos digitales; ya que no podemos soltar los hilos de la red, nos toca decidir con qué calidad de fibra nos tejeremos: si con un código diseñado para ordeñar nuestra dopamina o con conexiones que nos obliguen a pensar/discernir. Y finalmente, el ejercicio de la mirada interna, ese esfuerzo por recuperar la introspección en una ecología digital que nos empuja al vacío de la extroversión perpetua.

Porque si hemos de proteger y cuidar lo esencial, vale la pena recordar que ninguna tecnología tiene la capacidad de ir hacia adentro. Una IA puede procesar un millón de libros en un segundo, pero no puede detenerse a reflexionar sobre lo que sintió al leer uno solo. Nosotros sí. Lo que nos hace humanos no es la velocidad con la que respondemos, sino la profundidad con la que callamos para entender lo que vivimos. Y no se trata de reclamar una superioridad moral de las personas sobre la IA, sino de reconocer la función específica de cada uno en ese vínculo donde ambos participamos y preguntarnos: ¿Quién quiero que maneje el timón de mi vida?

Retomar el volante es tener la valentía de habitar el silencio que no genera métricas ni datos. Es en esa pausa, espacio no colonizable por el algoritmo (que busca por todos los medios convertir cada segundo de nuestra mirada en valor económico), donde la información deja de ser ruido para convertirse en alma.

Publicado originalmente en e-consulta.
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Material gráfico
Misael Chirino Durán
Fotografía
Ramón Tecólt González

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