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Farmear aura: cuando lo incomprendido también es parte de crecer

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Farmear aura no es señal de nuevas generaciones perdiendo el rumbo; es expresión contemporánea hecha siempre: construir identidad y pertenencia a través de códigos culturales

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Hay expresiones que aparecen de pronto en internet y parecen necesitar un diccionario propio. Una de ellas recientemente se volvió viral: farmear aura, utilizada principalmente entre las generaciones más jóvenes para referirse a realizar determinadas acciones, actitudes o comportamientos que permiten proyectar seguridad, estilo, presencia o reconocimiento frente a las y los demás. Para algunos adultos puede parecer una tendencia absurda, superficial o incluso preocupante. Sin embargo, en vez de cuestionarnos “¿qué les pasa a los jóvenes de ahora?”, aplicaría preguntarnos, desde otra mirada: ¿qué hacíamos nosotras y nosotros cuando éramos jóvenes y que nuestros padres tampoco entendían?

La actual Generación Alfa, generalmente asociada con quienes nacieron a partir del año 2013, está creciendo y desarrollando su personalidad en un entorno profundamente atravesado por internet, los videojuegos, las redes sociales y los contenidos digitales. Sus formas de comunicarse, divertirse y relacionarse son muy diferentes a las de generaciones que las y los antecedieron. Pero que sean distintas no significa necesariamente que sean mejores o peores.

Cada generación ha tenido sus propios códigos. Hubo quienes coleccionaban (coleccionábamos) estampas, tazos o tarjetas; quienes pasaban horas jugando videojuegos; quienes decoraban sus habitaciones con fotografías de artistas; quienes pertenecían a determinadas tribus urbanas como los “emos”, los “punketos”, “skaters” o “hippies”; quienes escuchaban música que sus padres consideraban “ruidosa”; quienes pasaban horas en Messenger, MetroFlog, Hi5 o Facebook. También hubo generaciones enteras que encontraron identidad en la ropa, los peinados, las bandas musicales, los programas de televisión, los libros o los personajes y artistas que admiraban.

Desde la mirada de un adulto, muchas de aquellas prácticas pudieron parecer una pérdida de tiempo. Sin embargo, para quienes las vivimos fueron mucho más que eso: fueron recuerdos, son amistades que aún conservamos, formas de pertenecer y maneras de descubrir quiénes éramos… Entonces, ¿por qué debería sorprendernos que las nuevas generaciones hagan algo parecido, aunque con herramientas diferentes?

El fenómeno de farmear aura puede entenderse, en parte, como una expresión contemporánea de una necesidad que no nació, como algunos creerían, en un TikTok ni con los videojuegos: surge de la necesidad humana de reconocimiento y pertenencia. La diferencia está en que ahora muchas de esas experiencias ocurren frente a una audiencia potencialmente enorme, derivado del uso de las redes sociales como manera de conectar con las y los otros. Y aquí sí existe una diferencia que vale la pena mirar críticamente.

Antes podíamos hacer una tontería frente a nuestros amigos y probablemente quedaba ahí. Hoy podemos grabarla, publicarla y recibir comentarios de cientos o miles de personas. La identidad ya no solamente se construye en el colectivo cercano: también puede estar condicionada por los likes, las visualizaciones, las tendencias y los algoritmos de las redes de moda.

Por eso, creo que sería un error tanto ridiculizar estas expresiones juveniles como celebrarlas sin cuestionamiento. No todo lo que hacen las nuevas generaciones debe ser aceptado simplemente por ser una moda, pero tampoco todo aquello que no comprendemos debe ser considerado negativo. Ahí radica el verdadero reto para quienes somos adultos: no se trata de exigir que las nuevas generaciones se diviertan como nosotros lo hicimos. Tampoco en convertir cada diferencia cultural en un problema. Nuestro papel debería ser acompañarlas y acompañarlos para que puedan experimentar, jugar, crear y construir su identidad, mientras aprenden a reconocer los límites entre divertirse y exponerse, expresarse y depender de la aprobación, pertenecer y dejar de ser ellas y ellos mismos.

Tal vez dentro de veinte años alguien recuerde el farmear aura y sonría al pensar en lo extraño que parecía. Y quizá esos mismos jóvenes que hoy lo practican, convertidos en adultos, observen a una nueva generación haciendo algo que ellos tampoco comprendan y se pregunten: “¿Por qué hacen eso?” … Probablemente ahí estará la enseñanza.

Cada generación tiene derecho a sus propias formas de ser joven. Algunas desaparecerán rápidamente; otras permanecerán como parte de su identidad colectiva. Lo importante no es que las generaciones sean iguales, sino que podamos comprender que detrás de muchas de sus prácticas existen necesidades profundamente humanas: jugar, pertenecer, experimentar, ser reconocidos y encontrar un lugar dentro del mundo.

Porque crecer no consiste únicamente en dejar atrás las modas de nuestra infancia. También consiste en aprender a mirar con empatía las nuevas formas en que otros están construyendo su propia historia.

Publicado originalmente en Ambas Manos.
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Material gráfico
Misael Chirino Durán
Fotografía
Ramón Tecólt González

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