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La (im)posibilidad del diálogo frente a la erosión democrática

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La erosión democrática, la polarización social y la inmediatez de las tecnologías y el mercado han demeritado la importancia del reconocimiento de las diferencias.

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Hace tiempo que perdimos el diálogo. Síntoma de una sociedad normada por los estímulos, el consumo y la ética del mercado, el diálogo –como vehículo del reconocimiento del otro– se ha convertido en una pérdida de tiempo para quienes anhelan encontrar, en la autosuficiencia y autoaceptación, una sensación de paz interior y autorrealización.

Lo notamos en los silencios crecientes de las sobremesas, en los silencios apáticos del estudiantado en el aula o en los silencios temerosos y desconfiados entre transeúntes desconocidos que coinciden en la vía o transporte públicos. Todos ellos silencios aparentes, producto de interacciones humanas reemplazadas por interacciones virtuales, o interacciones aniquiladas por la certeza de que el otro, si no es una amenaza, tiene poca relevancia para mi existencia.

No pretendo hacer aquí una reflexión moralizada de las redes sociales y las nuevas tecnologías, ni mucho menos emitir un juicio escandalizado sobre los males de las nuevas generaciones. Mi intención, más bien, es política: en una sociedad donde la soledad ha alcanzado dimensiones patológicas, ciertos grupos de poder han encontrado en la imposibilidad social del diálogo un suelo erosionado que legitima, erróneamente, la regresión democrática y la popularización de nuevos conservadurismos.

Compartir la vida requiere del lenguaje. Lo utilizamos para exteriorizar sentimientos, socializar reflexiones y conocimientos, conspirar nuevas ideas o colectivizar sueños, pero también lo utilizamos para la necesaria imposición de límites y la expresión del desacuerdo. Son precisamente los desacuerdos los que provocan la necesidad de construir espacios en donde estos puedan presentarse y atenderse, así sea en la mesa del comedor en casa, la asamblea comunitaria o el pleno del congreso. El desacuerdo, el disenso y la diferencia son constitutivos de la política, y la política será tanto más democrática cuanto mejores condiciones existan para el reconocimiento, aceptación y tratamiento de los conflictos. El diálogo, por ende, como intercambio entre distintos sostenido en un plano de radical igualdad, es la herramienta democrática por excelencia.

Hoy, sin embargo, lo que vemos y escuchamos en cualquier espacio de deliberación pública son apenas simulacros de diálogo en donde la diferencia es anulada. La representación del pueblo ha sido subsumida a la representación de herméticas agendas de partido, el debate parlamentario ha sido cooptado por la satanización de bancadas opositoras, los debates en redes optan por la humillación en vez de la argumentación, y la conversación ciudadana coloquial se ve reemplazada por el consumo apenas crítico de opiniones de influencers afines.

Los espacios de socialización y deliberación pública se han convertido cada vez más en espacios de reafirmación de las posturas propias, anulando la validez del disenso, especialmente de aquel que contradice los intereses del poder político y económico. Ahí donde la crítica se ha divorciado de la autocrítica y donde la diferencia ha sido despojada de reconocimiento, la politización se ha convertido en polarización y la democracia se ha convertido en tiranía de la mayoría.

Negarnos al diálogo es asumir la comodidad del aislamiento político, la pretensión ingenua de superioridad, la calificación de la diferencia como error o como ofensa y la distinción del otro como amenaza. Es así como los viejos y nuevos fundamentalismos han traducido la complejidad real del diálogo como vía inútil para la acción política. No obstante, tampoco se trata de ingenuidades, es cierto que en política hay posturas inconciliables y que frente a las grandes problemáticas e injusticias no tenemos por qué admitir tibiezas. No se trata, por lo tanto, de pensar el diálogo como sinónimo de conciliación forzada, sino de un necesario mecanismo de debate y construcción política democrática no exento de tensiones, frente al cual el consenso es apenas un horizonte deseable.

A contrapelo de los ritmos inmediatos impuestos por las pantallas, el diálogo democrático –ese que en términos de Jacques Rancière coloca en radical igualdad a cualquiera con cualquiera– nos despoja de nuestra comodidad y falsa superioridad, y nos exige de tiempo y elaboración. En tiempos donde la priorización del bienestar individual se ha convertido en sentido común, el fortalecimiento democrático como proceso no sólo institucional, sino de construcción de igualdad social, se percibe inviable e incompatible.

La erosión democrática, la polarización social y la inmediatez de las tecnologías y el mercado han demeritado la importancia del reconocimiento de las diferencias. Por eso las narrativas que pretenden construir comunidad y transformar realidades desde las trincheras es desatinada. Las trincheras son una táctica de guerra para ocultarse del otro y eliminarlo. El diálogo, como condición democrática radical, convoca a lo opuesto: el encuentro con lo distinto para su asimilación.

Atrevámonos, pues, a asumir la incomodidad de la confrontación, del debate y de la autocrítica, y sobre todo no desistamos de expresar el desacuerdo contra todos aquellos discursos, prácticas y estructuras que oprimen y excluyen. En tiempos donde la alteridad se considera peligro, la conversación y debate cotidianos de sobremesa, dentro del aula, o en cualquier espacio público, se convierten en resistencia democrática frente al retorno del atrincheramiento político e imperial.

Publicado originalmente en Ambas Manos.
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Material gráfico
Misael Chirino Durán
Fotografía
Ramón Tecólt González

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