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Marranito de alcancía
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La AFORE y el mañana como amenaza

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¿Cómo creer en la importancia de los fondos para el retiro cuando, desde tu núcleo familiar, aprendes que la vejez no es una certeza, sino una posibilidad?

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Tengo 29 años y ayer descubrí dónde está mi AFORE. ¡Hurra! Según el amable agente del banco, solo debo trabajar 31 años más para siquiera pensar en disponer del dinero que junte de aquí a 2057. Va otra vez: dos mil cincuenta y siete. De ese año no sabemos prácticamente nada: cuánto costará tener una casa, si habrá agua suficiente en las ciudades o si terminaremos entregando el poder político a algún demente con acceso a armas nucleares.

Planear en la incertidumbre es ir por la vida en patines: a gran velocidad y a los tumbos. Bajo esa lógica, el AFORE me parece como arrojar billetes a un pozo profundo al que podré bajar cuando cumpla (mínimo) 60. No sé cuánto valdrá mi dinero o si será suficiente para cubrir mis gastos. Quizá el papel moneda no se use más, o tal vez se haya enmohecido y sido consumido por las larvas de la devaluación.

En todo caso, el guardadito debe ser suficiente para vivir dignamente hasta el último de mis días, que, según el INEGI, será al menos hasta que cumpla 73 años. Esto suponiendo que no me sea físicamente posible seguir siendo productivo; de otro modo, me tocará trabajar hasta que no dé para más, puesto que nací el mismo año en el que murieron las pensiones del IMSS. Salí de la charla sobre la AFORE y recordé esa canción de Lizzie McAlpine en la que, a sus 23, cantaba: “Quiero empezar a planear mi funeral, tengo mucho por hacer”.

La ansiedad por el mañana es un tema tan personal como generacional. Mi percepción del futuro, como la de muchas personas, está marcada por la historia familiar. Mi abuelo materno vivió hasta los 86 años, y hace unas semanas mi abuelo paterno sopló 80 velitas en su pastel de cumpleaños. A sus 62, mi papá tiene más energía física y mental que mi pareja y yo juntos.

En contraste, mi mamá apenas vivió 53 años. Ella no se jubiló ni obtuvo descuentos con su INAPAM. No envejeció. Sabía dónde estaba su AFORE, pero nunca pudo disponer de él. ¿Cómo creer en la importancia de los fondos para el retiro cuando, desde tu núcleo familiar, aprendes que la vejez no es una certeza, sino una posibilidad?

A nivel externo, crecer y vivir entre crisis económicas, inseguridad y violencia dificulta la construcción de la cultura del ahorro. Un reporte de CONDUSEF (2024) indicó que 3 de cada 10 millennials (personas entre 30 y 45 años, aproximadamente) no saben con certeza en qué gastan su dinero, y el 64% no tiene control de sus deudas.

Además, diversos estudios de mercado reflejan que la tendencia de mi generación es a rentar antes que hacerse de una vivienda. En algunos casos se atribuye a una decisión personal, pero el contexto también es relevante: se estima que el precio de la vivienda en Puebla ha presentado un aumento acumulado del 51.9% entre 2020 y 2025.

Las aspiraciones laborales también han cambiado. Un artículo reciente de El País explora cómo la generación millennial le ha dado la espalda a los ascensos laborales y puestos de liderazgo: según el estudio Talent Trends 2025, poco más de la mitad de los empleados renuncia a estas oportunidades si van en detrimento de su bienestar. Dicho de otro modo: si no hay una mejora considerable en los salarios y las cargas de trabajo se multiplican, lo rechazan.

El mundo parece aterrador en muchas ocasiones. La desolación está al acecho y la gratificación inmediata en forma de compras tontas, experiencias impagables y frutinovelas cumple su cometido de ahorrarnos las preocupaciones por el mañana. Y aunque sigo batallando para encontrarle sentido a ahorrar para mi retiro, en el fondo conservo la fe en que rendirá frutos. En palabras del poeta del rocanrol, Nick Cave: “La esperanza no es una posición neutral. Es combativa. Es la emoción guerrera que puede arrasar con el cinismo. […] Vale la pena creer en el mundo. Con el tiempo, descubrimos que así es”.

Publicado originalmente en Ambas Manos.
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Material gráfico
Misael Chirino Durán
Fotografía
Ramón Tecólt González

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