Internet y el espejismo de tener razón
Autoría: Roberto Pichardo Ramírez
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Aquí no somos periodistas, ni psicólogos ni policías. Somos dos amigas que se juntan a echar chismecito”, dice la presentadora del podcast de nota rosa de turno. Y de inmediato se lanza a hablar con su invitada sobre temas delicados: abuso sexual, estafas, intentos de asesinato, posesión de armas… crímenes tipificables.
En un mes, el video de casi 3 horas acumula 3.7 millones de visitas y casi 11,000 comentarios. Pero eso sí: al inicio te advierte con una cortinilla negra que su propósito es “informar y concientizar”. Se acabó el problema; a lo que sigue. Otro chismecito.
La ligereza con la que el mundo de internet ha asumido su papel de prosumidor —aquella persona que consume medios de comunicación y también produce sus propios contenidos— resulta escalofriante en algunas ocasiones. Miles de personas que observan, juzgan, señalan y toman partido sin tener un contexto amplio ni información contrastada; en algunos casos, con un alcance e influencia inimaginables.
Este fenómeno se ha estudiado desde hace más de cien años. En su libro La opinión pública (1922), Walter Lippmann introdujo el concepto de “pseudoentorno” para referirse a la representación a escala que cada persona se hace de la realidad. Esto implica que, cuando nos damos cuenta de que el mundo es demasiado grande como para comprenderlo en su totalidad, construimos una versión abreviada que nos ayuda a darle sentido a las cosas.
Sin saberlo, Lippmann describió un rasgo de la condición humana que se ha amplificado en la comunicación algorítmica del presente. Bien lo dijo Eduardo Salles, creador de Pictoline, en su cuenta de X (Twitter) hace unos años: “Uno de los problemas de los algoritmos es que nos volvieron adictos a siempre tener la razón”.
Los sistemas de aprendizaje automático reconocen nuestros patrones de comportamiento en línea y nos ponen frente a contenidos y opiniones con base en los datos que dejamos en nuestro andar digital (las famosas “cookies”).
En un primer momento, los algoritmos nos mostraban aquello con lo que éramos afines o que podría engancharnos para continuar utilizando los servicios de internet. Esta lógica se extiende a la inteligencia artificial conversacional: un estudio reciente de la Universidad de Stanford encontró que ChatGPT, con su “personalidad” encantadora, está programado para siempre darle la razón al usuario. Sin embargo, las nuevas tecnologías inteligentes, en su afán de favorecer el enganche (“engagement”), favorecen el contenido polarizante, radical y enervante.
Parte de ello se debe al fenómeno conocido como “ragebait”. Este concepto se refiere a la forma en que los contenidos mediáticos de internet están diseñados para hacernos enojar. Estos materiales recurren al lenguaje violento, las ideas controversiales y las afirmaciones absolutas para evocar la impulsividad de las personas. Cuando mordemos el anzuelo y tecleamos con rabia, el sistema gana músculo.
Cuando los pseudoentornos de Lippmann son escenario para interacciones iracundas de internet, nos encerramos en cámaras de eco violentas y carentes de información contrastada. Al mismo tiempo, defendemos ideas sin sustento y nos excusamos bajo lo que Jaron Lanier llama el “maoísmo digital”: una falsa sensación de autoridad detrás de información descontextualizada e interpretada a modo.
Antes de que nacieran los modelos de IA como los conocemos hoy, Sherry Turkle adelantaba en su libro Alone Together (2013): “En línea, inventamos maneras de estar con las personas que las convierten en algo cercano a los objetos. El yo que trata a una persona como una cosa es vulnerable a verse a sí mismo como tal. Estas son simetrías aterradoras”. Es como apuntar un láser en una casa de espejos: eventualmente nos alcanzará.
Lo que nos hace falta es un proceso de alfabetización mediática e informacional. Esto implica aprender y formarnos en el uso adecuado de las tecnologías de comunicación para amplificar los mensajes que representan lo que somos y lo que buscamos como sociedad. De alguna forma, se trata de volver a la comunidad: a la “común unidad”. No necesitamos ser periodistas ni psicólogos ni policías para observar y opinar: basta con ser personas sensibles e informadas.