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Laptop y cosas de yoga
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Resistencia digital en jóvenes universitarios

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Entre el discurso y la práctica, surge una resistencia a la tecnología aún en construcción

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Este semestre volví a impartir una asignatura que no daba desde hace dos años. Mismo programa, misma institución, estudiantes de edades y perfiles muy similares. Sin embargo, noté un cambio muy claro.

Hace dos años, el grupo mostraba entusiasmo por explorar herramientas digitales para crear recursos educativos interactivos, producir y editar video y animación, e incluso aprovechar la IA generativa para agilizar procesos de creación. Había curiosidad por lo que la tecnología podía ofrecer.

Este año, en contraste, mi grupo pide entregar trabajos a mano, ha preguntado si puede diseñar materiales físicos y, cuando utiliza herramientas digitales, lo hace para replicar formatos analógicos. Prefieren, por ejemplo, un libro digital con efecto de “pasar página”, aunque sea plano, que un recurso con más posibilidades interactivas. También tienen opiniones negativas respecto al uso de la inteligencia artificial, citando posturas éticas e ideológicas incipientes.

Esta es una muestra muy pequeña del estudiantado universitario, pero, aun con esa limitación, me atrevo a hacer una lectura de la tendencia: no se trata de una negativa absoluta a la tecnología, sino de una evolución en la forma de relacionarse con ella.

De acuerdo con datos recientes (DataReportal, 2025), las personas pasan en promedio más de seis horas al día en internet y, en el caso de la generación Z, esta cifra se eleva a más de siete horas diarias. Sin embargo, lo más revelador no es el tiempo de uso, sino la percepción que se tiene sobre él: una proporción significativa reconoce que pasa demasiado tiempo en su teléfono y reporta dificultades para limitar su uso (BePresent, 2024).

Este reconocimiento coincide con un patrón que observamos muchas personas docentes en el aula, tanto hace dos años como ahora: dificultad para sostener la atención por periodos prolongados y uso constante del celular. La resistencia a la tecnología, entonces, no parece traducirse en una transformación clara de los hábitos.

La generación Z ha crecido en un entorno profundamente digital, pero también es particularmente consciente de los efectos sociales, ambientales y políticos de sus decisiones. No es extraño, entonces, que surjan cuestionamientos sobre el impacto energético de la tecnología, la economía de la atención o la salud mental. La resistencia no nace solo del cansancio, sino también de una inquietud ética que no siempre se traduce en límites efectivos.

En el aula, la aversión a ciertas herramientas digitales puede leerse como un gesto de escape ante una realidad cada vez más hiperconectada. Pero cabe preguntarse si esa resistencia se extiende a otros ámbitos: ¿también se reduce el tiempo en redes sociales?, ¿hay un resurgimiento del ocio offline?, ¿se transforman las prácticas fuera del espacio académico? O bien, ¿aparece de forma selectiva en espacios donde ya existía fricción, como el trabajo escolar? No es lo mismo “desconectarse” para evitar una obligación que hacerlo como un acto deliberado de reconfiguración de la propia vida.

Esto abre una pregunta más profunda: ¿qué significa hoy desconectarse? ¿Es siquiera posible separar lo humano de lo digital en una realidad donde ambas dimensiones están tan entrelazadas?

Quizá lo que estamos observando no es un rechazo a la tecnología, sino un intento —todavía incipiente— de renegociar sus términos. En este sentido, el reto no es simplemente “usar menos tecnología”, sino construir nuevas prácticas que nos lleven a una relación más consciente y coherente entre lo que pensamos y lo que hacemos.

No es un camino sencillo. Poner límites implica enfrentarse a inercias arraigadas, tanto individuales como estructurales. Las plataformas están diseñadas para capturar nuestra atención, y nuestras rutinas dependen en gran medida de ellas. Resistirse no es solo una decisión personal, es ir contracorriente.

Aun así, en estos gestos —pedir un trabajo a mano, preferir lo tangible, cuestionar lo digital— hay algo que merece atención. No porque representen una solución en sí mismos, sino porque evidencian incomodidades, pausas y preguntas abiertas.

¿Estamos llegando a un punto de saturación? ¿O simplemente aprendiendo, poco a poco, a habitar de otra manera el mundo? Tal vez aún no tengamos respuestas claras. Pero en estas tensiones —entre entusiasmo y desgaste, entre crítica y dependencia, entre lo digital y lo humano— se está configurando algo más amplio: una forma distinta de ser y de estar en la #CiudadDigital.

Puedes contactar a la autora a través del correo: sofia.velazquez@iberopuebla.mx

Referencias
BePresent. (2024). 2024 Digital Wellness Report: Exploring the Impact of Our Digital Habits.
DataReportal. (2025). Digital 2025 Global Overview Report. 

Publicado originalmente en e-consulta.
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Material gráfico
Misael Chirino Durán
Fotografía
Ramón Tecólt González

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