Del discurso al odio
Autoría: Tamara Blanca Castillo
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Escribo desde una inquietud constante que, considero, cada vez pesa más entre quienes observamos de cerca la formación de las nuevas generaciones: la sensación de que se nos están yendo de las manos.
No planteo esto desde la nostalgia fácil ni desde la tentación de controlar sus decisiones, sino desde una preocupación genuina por el futuro de nuestras juventudes y, sobre todo, por el papel que los adultos hemos dejado de asumir.
Sería cómodo responsabilizar únicamente a las y los jóvenes de su desorientación, de su fragilidad emocional. Pero la verdad es mucho más incómoda: les hemos fallado como adultos. Somos nosotros quienes les estamos heredando un mundo en crisis, marcado por la incertidumbre, la violencia, la inmediatez y el desgaste de los vínculos humanos. Y, aun frente a ese escenario, no les estamos ofreciendo las herramientas necesarias para enfrentarlo.
Hemos confundido acompañamiento con permisividad; apoyo con sobreprotección. En nuestro intento por evitarles la frustración, les arrebatamos la posibilidad de aprender a tolerarla, les arrebatamos los límites en un mundo acelerado.
El problema no es únicamente lo que viven las juventudes, sino nosotros como adultos que no hemos actuado para enfrentar dicha problemática.
Asesinato de dos profesoras
Hace apenas un par de semanas ocurrió un hecho que, en lo personal, me llevó a cuestionar profundamente el sistema en el que estamos inmersos: el caso del alumno que asesinó a dos de sus profesoras y haberlo anunciado horas antes en sus redes sociales.
Más allá de lo dolorosa que fue la noticia, es necesario analizar y no solo culpabilizar a los padres, sino obligarnos a mirar con mayor profundidad los discursos, espacios y narrativas que hoy moldean la subjetividad de muchos jóvenes.
Estos casos no son hechos aislados; forman parte de una serie de acontecimientos que se han manifestado a lo largo de los años y que exigen una crítica seria sobre los mensajes que circulan, especialmente en el entorno digital. Muchos de esos discursos encuentran terreno fértil en juventudes vulnerables, atravesadas por la soledad, la incertidumbre, identidad y la falta de referentes sólidos, hasta convertirse en formas cotidianas de mirar el mundo y relacionarse con los demás.
Manosfera
Es en ese punto donde cobra relevancia el análisis de fenómenos como la llamada manosfera, ese ecosistema digital donde se articulan discursos misóginos, reaccionarios y violentos que prometen identidad y pertenencia a jóvenes en crisis.
Como señala la antropóloga Nuria Alabao: “En estos espacios digitales se politizan muchos jóvenes en un sentido reaccionario. Aunque la entrada a estos discursos puede ser la imposibilidad de ligar, el miedo al futuro, la soledad o no saber cómo construir su identidad de hombres en una realidad cambiante, la consecuencia puede ser que acaben apoyando propuestas de extrema derecha”. (p.12)
La pregunta de fondo no es únicamente qué está ocurriendo con nuestras juventudes, sino qué vacíos estamos dejando como sociedad para que estos discursos ocupen el lugar de la formación. Hoy existe una preocupante carencia de referentes éticos, de discursos identitarios sólidos y, en muchos casos, de figuras formadoras dentro del hogar.
Ante esa ausencia, el espacio ha sido ocupado por nuevos agentes de socialización: el algoritmo, lo inmediato, lo superficial, aquello que seduce, vende, explota emociones y convierte la vulnerabilidad en mercado.
El problema es que estos nuevos“formadores” no educan desde la reflexión ni desde el sentido comunitario, sino desde la lógica de la polarización y el impacto. Premian lo escurridizo, lo provocador y lo extremo, amplificando discursos con tintes discriminatorios, misóginos y violentos que encuentran eco en jóvenes que buscan pertenencia, identidad o respuestas simples frente a una realidad compleja.
Falta de conversación en los hogares
Cuando la conversación en casa se debilita, cuando la escuela pierde capacidad de contención y cuando la sociedad renuncia a ofrecer horizontes claros, el algoritmo ocupa ese vacío con una pedagogía silenciosa, pero profundamente poderosa. Lo hace sin responsabilidad ética, sin límites. Solo con el interés más de mantener la atención, de vender.
Lo más peligroso ocurre cuando el discurso deja de ser únicamente palabra y se convierte en acción. Es ahí donde la violencia se manifiesta de forma atroz: en actos que hieren, destruyen y normalizan el odio. Poco a poco, la sociedad se acostumbra a esa brutalidad cotidiana y quizá lo más alarmante es que no nos estamos percatando que con la legitimación de estos discursos, comienza también el retroceso de derechos que costaron décadas de lucha conquistar.
La violencia simbólica nunca llega sola; detrás de ella avanza la deshumanización del otro y la pérdida paulatina de las luchas sociales que creíamos irreversible; es por ello que es necesario profundizar en los discursos que están consumiendo los jóvenes. No normalicemos la violencia, ofrezcamos un mundo más humano a los jóvenes y solo con el diálogo, el reconocimiento al otro será la única forma que podamos ayudarlos.