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Mujeres feministas
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No todo el feminismo cabe en una marcha

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El 8 de marzo ha sido históricamente un espacio de apropiación colectiva, de memoria histórica y de exigencia frente a las violencias que atraviesan a las mujeres

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Llega marzo y las calles se pintan de morado. Como cada año, miles de mujeres salen a conmemorar el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Sin embargo, la lucha que durante décadas ha resistido y conquistado derechos parece atravesar hoy una etapa marcada por tensiones y cuestionamientos internos. Frente a este escenario, es necesario reconocer que no existe un solo feminismo, sino feminismos: un conjunto de posturas diversas, complejas y plurales, en constante transformación.

Podemos entender el feminismo como un movimiento social. Para Alberto Melucci (1979), un movimiento se sostiene en una movilización basada en creencias compartidas que orientan la acción colectiva. Dentro de los feminismos, una de esas convicciones ha sido la identificación del sistema patriarcal como una estructura histórica de poder que ha representado una amenaza persistente, particularmente para las mujeres y otros grupos en situación de vulnerabilidad.

Si partimos de esta premisa, resulta imposible concebir un único feminismo, pues las violencias patriarcales, raciales y estructurales nos atraviesan de maneras distintas. De ahí surge también la crítica a la hegemonía de un feminismo que históricamente ha sido señalado como blanco y excluyente frente a la diversidad de experiencias de las mujeres. Distintas corrientes han buscado entonces situar el análisis desde contextos y realidades específicas.

La teoría Feminista es eminentemente moderna y occidental. Sé también que existen múltiples localizaciones y expresiones situadas, contextualizadas, no racistas y construidas desde una perspectiva imbricada para nombrarse feminista, un ejemplo concreto es el feminismo decolonial que nace en una geografía no blanca, popular y latinoamericana, impulsado por lesbianas, mujeres negras feministas y caribeñas” (Drullard, p.107).

Reconocer esta pluralidad implica aceptar que el feminismo no solo confronta al patriarcado, sino que también debe mirar críticamente sus propias tensiones internas. Ya que el mismo movimiento nació para cuestionar las estructuras de poder, comienza a reproducir lógicas de exclusión, jerarquías o incluso dinámicas propias del mercado, es inevitable preguntarse hacia dónde se está dirigiendo la lucha y qué lugar ocupa hoy la congruencia política dentro de ella.

En Puebla, algunas colectivas feministas han optado por posicionarse en el “no marchar”. Sin embargo, en ciertos casos este posicionamiento ha venido acompañado de discursos de señalamiento y exclusión que apelan a la idea de un feminismo “puro”, separatista o mediante posicionamientos de feministas TERF. Cuando el movimiento comienza a vigilar quién es lo suficientemente feminista y quién no, corre el riesgo de reproducir una forma de violencia que contradice su propio horizonte político. El derecho a disentir también debería ser parte del feminismo.

Disentir no debilita una lucha; por el contrario, la vuelve más honesta. Señalar las tensiones internas, cuestionar las prácticas del propio activismo y reconocer las violencias que también pueden ocurrir dentro del movimiento es una forma de responsabilidad política. El feminismo no puede convertirse en un espacio donde la crítica sea castigada o donde el purismo ideológico funcione como una nueva forma de exclusión.

Este año no marcho. Y no lo digo desde la culpa, sino desde la conciencia. No marchar no significa abandonar la lucha. Significa detenerse a pensar en el rumbo que está tomando un movimiento que, en ocasiones, parece debatirse entre la resistencia política y la lógica del mercado. Porque también es necesario decirlo: no se puede criticar al capitalismo y al patriarcado mientras al mismo tiempo se instrumentalizan sus formas.

El 8 de marzo ha sido históricamente un espacio de apropiación colectiva, de memoria histórica y de exigencia frente a las violencias que atraviesan a las mujeres. Pero también debería seguir siendo un espacio de reflexión crítica sobre las estructuras que sostienen esas violencias: el patriarcado, el colonialismo y el capitalismo. Cuando esa discusión se diluye, el riesgo es que la lucha se institucionalice, que los discursos se vacíen y que el feminismo termine reducido a una estética o a un producto.

Hoy vemos cómo el color morado se vuelve tendencia, cómo marcas, instituciones e incluso partidos políticos lo adoptan durante un día, mientras las condiciones estructurales que sostienen la desigualdad permanecen intactas. La protesta corre entonces el peligro de convertirse en una fecha simbólica para vestirse de morado, subir una fotografía a redes sociales y declarar una sororidad que muchas veces no se traduce en acciones reales. Deseo que el feminismo siga siendo un espacio de resistencia, crítica y acuerpamiento. Hoy mi forma de estar es distinta, pero la convicción y el corazón siguen del mismo lado de la lucha.

Publicado originalmente en Ambas Manos.
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Material gráfico
Misael Chirino Durán
Fotografía
Ramón Tecólt González

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