El perreo no es el problema, el problema es quién se incomoda con él
Autoría: Tamara Blanca Castillo
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Pensé demasiado en no escribir sobre lo que ocurrió en el Super Bowl. No porque no tuviera opinión, sino porque la avalancha de juicios morales, puritanismos reciclados y críticas disfrazadas de intelectualidad ya parecía suficiente.
Sin embargo, justo en esa oleada de señalamientos de la derecha, de pseudoanalistas culturales, revolucionarios de escritorio y uno que otro amante selectivo de Adorno aparece una pregunta necesaria: ¿qué es lo que realmente les molesta?
No fue el baile. No fue la música. No fueron los símbolos. Fue el cuerpo libre.
Cada vez que un escenario masivo muestra placer, ritmo, goce o identidad no domesticada, surge el pánico moral. Se habla de “decadencia”, de “crisis de valores”, de “espectáculo vacío”.
Pero ¿por qué no se reconoce la crisis de valores que estamos viviendo en la actualidad? Resulta curioso que, en un mundo atravesado por guerras, desplazamientos, violencia estructural, crisis climática y precarización de la vida, todo el mundo se centre en polarizar sus propias opiniones. Como si el problema de la cultura contemporánea fuera el movimiento de caderas y no el movimiento de capitales, armas y discursos de odio.
La crítica al espectáculo suele presentarse como profundidad intelectual. Se citan teóricos, se alude a la industria cultural, al consumo masivo y al vaciamiento simbólico; y, sin duda, habría mucho material para analizar la cultura latinoamericana desde una mirada decolonial.
Pero ese no es el punto. Con frecuencia, esa crítica olvida algo esencial: la cultura también es territorio de disputa, de resignificación, de placer y de resistencia. No todo goce es alienación, ni todo ritmo popular es estupidez.
El perreo no cancela la reflexión; la provoca. Incomoda porque no pide permiso, porque no se alinea con la estética blanca que históricamente se ha impuesto como “correcta”. ¿Y si, en lugar de seguir señalándolo, lo entendemos como un acto de respiro ante un mundo en crisis?
El cuerpo que baila sin culpa cuestiona al cuerpo disciplinado que solo existe para trabajar, callar y obedecer. También es un acto político.
No se trata de defender un show o a un cantante que tiene sus propias incongruencias políticas, porque también hay que decirlo. Si se defienden los derechos humanos, deben defenderse para todas, todos y todes: migrantes, palestinos, congoleños y latinos.
Entendamos que un espectáculo no hace una revolución, pero sí puede provocarnos a cuestionarnos, a posicionarnos políticamente y a tomar acciones. Y sí, ¿por qué no?, también a respirar y a darle goce al cuerpo. En un mundo en crisis, nos hace falta detenernos, respirar, bailar y recordar aquello que nos une colectivamente.
Lo que vimos en el Super Bowl no es una crisis cultural provocada por la música, sino una crisis de tolerancia, sensibilidad y lectura del mundo. Quizá el verdadero problema no es el perreo ni el debate sobre si lo que hizo un artista privilegiado está bien o mal, sino una sociedad que se permite indignarse por un show de medio tiempo y no por un genocidio que lleva más de setenta años, por las guerras en el continente africano, por las desapariciones forzadas, por la crisis migratoria, por multimillonarios envueltos en redes de trata de infantes o por un capitalismo voraz que está devastando el planeta, profundizando la vulneración de los grupos más expuestos y erosionando nuestra paz emocional. Creo que ahí debería estar el debate y, sobre todo, la acción.