El tirador de la Atlixcáyotl: violencias, urbanismo hostil y justicia selectiva
Autoría: Tadeo Luna de la Mora
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La reciente detención del “Tirador de la Atlixcáyotl” ha provocado el previsible desfile de medallas en el pecho de los funcionarios de turno. El alivio colectivo es innegable: saber que el presunto sujeto que disparaba al azar contra vehículos en movimiento —acumulando entre 11 y 12 víctimas identificadas entre 2025 y 2026, con antecedentes que sugieren rastros desde 2023— ya no jalará el gatillo, nos permite cierta tranquilidad. Sin embargo, el análisis exige ir más allá del triunfalismo oficial.
El caso de este “tirador por emoción” (thrill shooter), perfil mencionado en la literatura criminológica como obsesionado con la descarga de adrenalina al causar el terror de desconocidos bajo la soberbia de creerse inalcanzable, no es un caso aislado de locura digna de Netflix; sino un síntoma de la descomposición estructural que ya nos alcanzó a todas las personas en Puebla.
Lo primero que el caso pone de manifiesto es la aterradora radiografía de los niveles de violencia. Este fenómeno no nace en el vacío. Durante años hemos atestiguado cómo la ciudad y de forma particular la zona de Angelópolis se ha convertido en escenario de persecuciones, robos a mano armada y ejecuciones. El aumento sostenido en la proporción de homicidios cometidos con armas de fuego en la entidad (datos de la propia Fiscalía muestra que mientras en 2020, 5 de cada 10 homicidios dolosos se realizaban con arma de fuego, para 2025 son 7 de cada 10), revela lo que he denominado la “democratización de la violencia”: un contexto donde los instrumentos de muerte y terror están al alcance de cualquiera, donde el umbral para ejercer la brutalidad es mínimo y la certeza de impunidad es máxima. En este ecosistema, cualquiera se siente con el derecho y la capacidad de violentar a cualquiera y quedar impune.
Pero lo más doloroso es lo que este caso dice de nosotros como sociedad: la normalización del horror. Miles de poblanos tuvimos que transitar por la Vía Atlixcáyotl varias veces al día durante meses, conscientes —o pretendiendo no serlo— de que nuestra vida y la de nuestras familias estaban en juego en el trayecto rutinario hacia el trabajo o la escuela. Aceptamos el azar de la muerte como una condición más del tráfico cotidiano. Esta domesticación del pánico colectivo, donde la ruleta rusa se vuelve paisaje urbano, es el verdadero triunfo de la violencia.
Frente a este escenario, el actuar de las autoridades deja un sabor amargo. Es de dominio público los problemas que enfrentó la Fiscalía para lograr que la ciudadanía denunciara los primeros ataques, tipificados inicialmente como simples e inconexos “hechos aislados”. Esa reticencia social por denunciar no es gratuita; es la consecuencia directa de una desconfianza histórica y ganada a pulso de inacción, maltrato y carpetazos: la ENVIPE 2025 de INEGI calcula que en 2024 en Puebla solo se denunció el 8.9% de los delitos cometidos (cifra más baja de los últimos 15 años) donde 7 de cada 10 víctimas que deciden no denunciar lo hacen por razones atribuibles a la autoridad como la desconfianza o la sensación de pérdida de tiempo.
Además, se hace evidente una debilidad institucional selectiva. Cuando un caso escala mediáticamente y amenaza la narrativa del “oasis poblano”, el aparato estatal reacciona con furia: se cierran calles, se despliega tecnología de punta, se movilizan peritos y se investiga con rigor científico. La pregunta incómoda cae por su propio peso: ¿por qué esa misma atención política, esa capacidad técnica, ese celo investigativo no se aplica a los miles de casos anónimos que se empolvan en los archivos? Para la mayoría de las víctimas de a pie no hay despliegue tecnológico ni voluntad política; hay impunidad, simulación y silencio.
Finalmente, no podemos dejar fuera del debate el análisis espacial. ¿Qué tipo de ciudad estamos construyendo? La Vía Atlixcáyotl es por excelencia el monumento poblano al urbanismo excluyente y hostil, diseñado por y para el automóvil de alta velocidad. Ese mismo hábitat configuró el entorno perfecto para el agresor. La lógica de diseño urbano facilitó el anonimato y la huida, desprotegiendo la vida humana en favor del flujo vehicular. Es el mismo diseño que tolera arrancones, siniestros viales y atropellamientos mortales. El tirador solo aprovechó las fracturas de una crisis de gobernanza espacial.
La captura de este individuo calma los titulares, pero no resuelve la herida. En materia de justicia penal la detención es apenas el prólogo. La justicia real no se alcanza con una fotografía del imputado detenido; se logra mediante un proceso impecable que derive en una sentencia condenatoria firme, una auténtica reparación del daño a las víctimas y, especialmente, mediante el diseño e implementación de políticas públicas orientadas a la no repetición. Mientras no desmantelemos el mercado de armas, las instituciones no recuperen, mediante el buen trato y eficacia nuestra confianza, y no repensemos la ciudad para las personas, el asfalto seguirá siendo un territorio donde todos, tarde o temprano, seremos el blanco de alguien más.