IBERO Puebla celebra ‘VII Coloquio de Literatura Aplicada’, y resiste ante la deshumanización del siglo XXI
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Las humanidades, como disciplina que estudia la sensibilidad, condición, cultura y naturaleza de las personas, son un motor de la educación en la IBERO Puebla. Como muestra de ello, la Institución celebró su VII Coloquio de Literatura Aplicada, un espacio creado desde el comienzo para la reflexión de una de las expresiones artísticas más reveladoras de la humanidad: la literatura.
Esta séptima edición giró en torno al lema “Punto de fuga. Literaridades del siglo XXI”, como una forma de analizar las grandes crisis de los tiempos que corren y cómo se han reflejado a través de las expresiones literarias y humanas, y también cómo narran las realidades políticas y sociales de nuestro entorno.
Durante la inauguración, la Dra. Lilia Vélez Iglesias, directora general Académica, remarcó la congruencia de la Universidad Jesuita para el estudio de las humanidades como parte esencial de la vida: “En la IBERO Puebla estamos convencidos de que necesitamos seguir defendiendo las humanidades, […] particularmente hoy, cuando las personas nos hemos convertido en un conjunto de datos que se recaban lícita o ilícitamente, se usan para generar perfiles mercadológicos que pueden incentivar el consumo de productos o bien del uso de servicios”.
En ese sentido, la Dra. Vélez Iglesias afirmó que “en la IBERO Puebla, como Universidad Jesuita, mantenemos esta postura muy firme en defensa de las humanidades como escudo frente a la deshumanización, pues son estas disciplinas las que permiten poner el énfasis en lo que nos hace humanos y nos permiten imaginar, pensar, soñar, narrar; proponer otro futuro”.

El Dr. Gonzalo Inguanzo Arteaga, director de Investigación y Posgrado, comentó que estos actos de organización académica y estudiantil son una expresión del ímpetu universitario que caracteriza a la Comunidad, pues es su forma de decir: “Estamos presentes, queremos acompañar a la Universidad en esta ruta crítica", y que han reflejado este compromiso a lo largo del tiempo, pues “cuando hablamos de un séptimo coloquio, estamos refiriéndonos a una trayectoria, y en ello hay continuidad y compromiso”.
El director del Departamento de Humanidades, el Mtro. Roberto Alonso Muñoz, también reconoció la tradición que hay detrás de esta edición. “Este coloquio que hoy llega a su séptima edición es fiel testimonio del vigor intelectual y creativo de nuestra comunidad de estudiantes, docentes y aliados y aliadas, así como buen reflejo de un programa académico en diálogo con la realidad”.
El panel inaugural culminó con la participación de la Dra. Diana Jaramillo Juárez, coordinadora de la maestría anfitriona, quien afirmó que el coloquio fue construido desde una convicción común: “Esa posibilidad de llevar la escritura creativa más allá de una idea peregrina, de usarla para lograr que lectoras y lectores dialoguen con nuestra particular visión y crítica estética de la realidad. Es la posibilidad de comunicación”.

Así, en este foro de comunicación mutua y aprendizaje colectivo, la coordinadora marcó la pauta de esta edición, con la presentación de la ponente inaugural, Ave Barrera. “Escritora y editora muy joven que ha logrado posicionarse en la industria editorial y no solo por sus obras literarias, sino por haber sido una de las tuercas del gran proyecto editorial de Vindictas, que rescató la literatura de mujeres que injustamente habían sido relegadas por el canon masculino”.
Después, vino una reflexión crítica sobre las bases de la creación literaria, al cuestionar la separación tradicional entre vida y escritura. A partir de la lectura de Gloria Anzaldúa, la autora subrayó que esta división responde a una lógica hegemónica que ha privilegiado una idea de literatura como espacio “sublime” y desvinculado de lo cotidiano.
Frente a ello, sostuvo que esta distinción es artificial: “Mintieron. No hay separación entre vida y escribir”, afirmó, al tiempo que señaló que esta concepción ha sido sostenida por “el sistema hegemónico de los intelectuales blancos” y el canon literario dominante.
A partir de esta crítica, la autora introdujo el concepto de literatura compost como una propuesta que retoma principios de las humanidades ambientales para pensar la escritura como un proceso de transformación. “El compost es una práctica de relación y de transformación”, un modelo que permite comprender la producción literaria como un ejercicio de descomposición y recomposición de materiales heterogéneos —memorias, archivos, cuerpos y experiencias— que, lejos de desecharse, se convierten en base para nuevas formas de sentido.
Desde esta perspectiva, la literatura compost no solo cuestiona las estructuras tradicionales del canon, sino que propone una práctica profundamente relacional, donde la escritura se entiende como un proceso colectivo, situado y material. Así, más que una metáfora, se configura como una forma de intervención crítica en el mundo, en la que —como señaló la autora— “los restos no se desechan, sino que se vuelven la materia que posibilita nuevas formas de vida y de significado”.