Académicos exploran los relatos detrás de los objetos
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Hay dos formas de entender un objeto: por lo que es y por lo que representa. Se asigna un valor a las cosas con base en lo que podemos hacer con ellas, pero también en función de su concepción, materialidad y recorrido. Estas ideas fueron exploradas en la mesa “¿Qué cuentan los objetos?” del Coloquio: Breve Historia de las Cosas, organizado por la Maestría en Literatura Aplicada de la IBERO Puebla, el Museo Nacional de los Ferrocarriles y la Secretaría de Cultura.
Durante el foro, María Eugenia Constantino Ortiz desglosó el proceso mediante el cual un objeto se convierte en parte de una colección, en donde entra en juego la correcta construcción de narrativas. “Desde su creación, un objeto puede vivir múltiples vidas”, aseguró la académica de la Universidad de la Rioja.
Al reflexionar sobre el papel de los museos en la construcción de significados, Arturo Joel Padilla Cabrera, investigador de la Unidad de Extensión de la UNAM en San Miguel de Allende, aseguró que todo objeto tiene una intencionalidad en su creación. La diferencia entre uno ordinario y uno significativo es que el segundo es insustituible por su condición artística y valor sostenido en el tiempo.

Por su parte, María José Rojas Rendón, colaboradora del Museo Nacional de San Carlos, planteó la posibilidad de poner las piezas en el centro del proceso de configuración de galerías museísticas. “Los objetos van más allá de una mirada neutra: tienen historia propia”, destacó.
Para el investigador Agustín René Solano Andrade, el verdadero valor de los museos se centra en la forma en que sus piezas entran en sinergia con la construcción de narrativas. “Muchos de los objetos que hoy consideramos de culto fueron de uso cotidiano […] el valor se comprende dentro de las relaciones históricas, sociales y culturales”, complementó su colega, Isabel Fraile Martín.
Prueba de ello es el proyecto expuesto por Xavier Recio Oviedo, académico de la IBERO Puebla, y Horacio Correa Gannam, consultor independiente, el cual consistió en el rescate de un acervo de 37,000 negativos fotográficos que datan de los años 30 y 40, los cuales quedaron extraviados tras la demolición del estudio Foto Azul. El resultado fue la reconstrucción de identidades que no solo proyectan historias particulares, sino representaciones de la realidad de la época.
